El drama, casi tragedia, ocurrido el jueves en Cataluña requiere para ser comprendido de alguna reflexión sobre sus antecedentes. Sobre el hecho estupendo de que, tras tantos años de protestas, sigamos con una ley Electoral visiblemente injusta si no tramposa, que engorda a las cabezas de ratón en perjuicio de la cola del león, de manera que es posible –a la vista está— que con menos votos un partido obtenga más escaños y los menos acaben ganando a los más. O también sobre el fracaso de los dos grandes partidos nacionales, el PP y el PSOE, que han vendido –el uno y el otro—sus lealtades electorales por un plato de “mongetes con butifarra” cada vez que no les cuadraban las cuentas electorales. ¿Qué habría sido de Cataluña y de España, en efecto, si González, con tal de mantenerse en el Poder, llega a meter en la cárcel –propósito que llegó a anunciar públicamente un delegado del Gobierno en Andalucía— cuando se destapó el “caso” de Banca Catalana en lugar de pactar sus paces tramposas con él? ¿Y si Aznar no llega a plegarse, con idéntico propósito, ante el ex-Honorable y ya presunto delincuente, en el mísero “pacto del Majestic” que, incluía el sacrificio cruento de Alexis Vidal-Quadras, el político de mayor fuste de la Derecha regional? Cierto que nada comparable al temerario compromiso de ZP cuando –para pagar a Maragall el apoyo que le prestó en su elección—volcó el inestable puchero catalán abriendo de par en par las puertas del separatismo, pero ya ven que ni uno se salva de esta previsible quema.

Era ingenua la creencia en que unas elecciones podrían suturar la profunda quiebra social provocada por la secesión. No lo es temer que el desastre histórico que vivimos precisará de un par de generaciones, en el mejor de los casos, para recomponer el maltratado mapa. Porque ¿qué hacer ahora teniendo en cuenta que los principales electos son presuntos sediciosos y/o rebeldes, cómo restablecer la normalidad con un plantel de dirigentes a los que, por sus delitos, amenazan tan graves penas de cárcel? Habrá que ver en qué queda el soponcio inicial de la Bolsa y el euro, pero no cabe dudar de que acabamos de entrar en un periodo en el que el crac empresarial catalán podría tocar fondo. ¿O tal vez será ese riesgo cierto — la ruina– el único factor capaz de meter en razón a esos “indepes” descerebrados?

De momento hay menos catalanes insurgentes que españolistas (cuenten los votos), pero eso puede cambiar, mientras España asiste impotente a la crisis definitiva del viejo bipartidismo que, con su miopía egoísta, ha logrado hacer un pan como unas tortas. Ya ven que, después de todo, no era tan difícil como creía Bismarck arruinar una historia milenaria. Lo ha conseguido, por cierto, la más lamentable cohorte de oportunistas fanáticos de que haya memoria.

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