No me cansaré de protestar ante el macabro ritual que, tras cada tragedia laboral, montan coordinadamente los sindicatos (¡”de clase”, dicen!), la Inspección de Trabajo y la Junta. Tras cada muerte, tras cada invalidez, la protesta “enérgica”, el “hasta aquí llegó” inverosímil, que entonan a coro los poderes y “agentes sociales” aunque sólo sea porque algo hay que decir ante semejante sangría. Lo que está ocurriendo en los andamios andaluces (y españoles, por supuesto) no tiene perdón, y hay que decir con toda claridad que estas farisaicas demostraciones de consternación y santa ira que interpretan síndicos y poderosos no son, en el fondo, más que una triste coartada. Están convencidos de que esa desgracia es un tributo inevitable que hay que ofrecer ante el altar del azar y eso es lo peor de todo. Los cientos de trabajadores muertos en los últimos años desenmascaran con violencia esta farsa vividora. 

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