En medio del desconcierto nacional, mientras el ama de casa madruga para hacer la compra amenazada y el espectáculo de la barbarie consentida se exhibe en el telediario, dos silencios deben hacernos reflexionar sobre el papel de las instituciones en esta huelga salvaje. El primero de esos silencios, el más llamativo quizá, es el de los sindicatos. ¿Alguien entre los lectores ha oído un solo pronunciamiento serio de los sindicatos durante estos primeros días de conflicto? Supongo que no, puede que porque el sindicalismo no es hoy más que un compañero de viaje del poder político y del económico en el marco de ese invento “neoverticalista” que es la “concertación social”, ese pacto de no agresión cebado con dinero público. El segundo silencio atronador es el del Gobierno, que está “missing”, desaparecido en combate, desde el Presidente al penúltimo mono, lejos del alcance de la artillería huelguística, echando por delante a un equipo de segundos y terceros al mando de una de las personas menos indicadas para dialogar o negociar que existen en este país, Magdalena Álvarez, una demostrada adicta a la provocación en cuyo haber, aparte de tantos fracasos gestores, hay que contar con la “guerra de las Cajas” que ella se encargó de librar hasta que Chaves se libró de ella. Dos silencios, dos ominosas ausencias cobardes de las que tendrán que responder en su momento ambas instituciones, aunque tal vez cuando llegue ese momento ya se hayan producido daños irreparables. Planea sobre este asunto una grave pregunta: ¿para qué sirven sindicatos y Gobierno ante un conflicto como el que  los contribuyentes estamos soportando, acaso hubieran sido distintas las jornadas vividas hasta ahora si ninguna de esas instituciones existiera? Creo que, lamentablemente, la respuesta sincera es que no, sin que se me oculte que semejante conclusión encierra una carga deslegitimadora de primera magnitud. ¿Por qué gastar miles de millones en burocracias sindicales que a la hora de la verdad desaparecen como por ensalmo? ¿Y para qué sirve un Gobierno incapaz de garantizar a la población, frente a unos miles de rebeldes, desde la normalidad alimentaria hasta la libre circulación?

 

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 Puede que esta lección negativa sea lo único positivo que acabemos sacando del enfrentamiento entre ese sector abrumado por la coyuntura y su propio desorden interno, pero no me digan que esa conclusión no resultaría desmoralizadora más allá de la pura ensoñación ácrata. Pero es posible también, que se desprendan de la experiencia otras evidencias incómodas, entre ellas, de una parte, la precariedad en que funciona la superstición neoliberal, y de otra,  la insalvable dependencia, que aún no parece que hayamos comprendido del todo (empezando por el Gobierno), entre nuestro Estado soberano (es un decir)  y la Unión Europea a la que voluntariamente pertenecemos y ante cuyas normas la autarquía residual que entorpece nuestra vida colectiva tendría que liquidarse de una vez. Ni nuestro Gobierno se ha preocupado de preparar con tiempo una respuesta a esta crisis anunciada, ni Europa va a admitir las condiciones que tratan de imponer por las bravas los huelguistas. Y claro está que, en todo caso, nos iría mejor si dispusiéramos de la ley de Huelga que la Constitución prevé y nadie ha querido afrontar hasta el momento, pero también que ese vacío no puede justificar que un grupo de ciudadanos, por muchas razones que tengan, secuestren un país entero y mantengan a un pueblo entero en un sinvivir. ¿Dónde están los sindicatos y el Gobierno, no resulta imprescindible que la crisis se aborde en el primer nivel, arriesgando cada cual lo que la partida le exija? Hoy todavía podemos plantear estas preguntas desde una relativa tranquilidad; mañana, no sabemos. Eso es lo que convierte en temeraria esa cobardía institucional que, al menos, va a servirnos para derribar mitos y saber a ciencia cierta quién es quién.

12 Comentarios

  1. ¡CUIDADO, ALERTA! ALGO PASA EN EL BLOG, POR LO QUE LEO, QUE LOS “COMMENTS” DE HOY APARECEN EN EL LUGAR DE AYER, INCLUYENDO EL MÍO.

  2. Su denuncia no la había oído en ningún medio, al menos mcon tanta claridad. Usted denuncia apuntado y disparando a la diana del tema, y da de pleno, porque sólo tiene que ver la desmesurada reacción que ha tenido el Gobierno una vez tras su inhibición vergonzosa. En cuanto a los sindicatos, siguen callados. En boca cerrada no entran moscas y el año que vienbe hay que cobrar otro talozano de concertación.

  3. Ojo al aviso de nuestro Prof. ¡Pasan cosas aras en este casinillo, ¿no les parece?
    Las “madres” de mi centro están paranoicas con el desabastecimeinto, y creo que ésa es otra consecuencia de la manera absurda que ha tenido el Gobierno de enfrentar la crisis más dura que ha vivido hasta ahora, negando la mayor, como si unos estantes vacíos necesitaran el testimonio de Rubalcaba. Temo que esto no es más que el principio de una crisis honda que ha de traducisrse en movimientos sociales. Y noi me tranquiliza nada saber que está frente del país un “risitas” que cree que todo se soluciona esperando a que se pudra.

  4. Me parece injusta, intolerable, la diferencia de trato dado a los camioneros –secuestradores de un país en la práctica– y a los marineritos y destripaterrones a los que la subida del gasoil afecta tanto como a aquellos. La cuerda se rompe siempre por la parte más débil, pero ver a esos trabajadores ensangrentados me ha parecido toda una ilustración adecuada del sociaTismo de nuestros días, dispuesto a lo que sea cuando llega el caso. Pablo Iglesias debería haber visto esas cargas.

  5. alucinante el palo que he visto en la tele. No sé quien lleva razón pero me parece que todo el mundo tiene derecho a protestar, no sé si me equivoco.

  6. No comprendo lo que ha ocurrido hoy, con este baile de comentarios entre la columna de ayer y ésta. Muy interesante el dato genétido, de todas maneras, y muy ponderada la conclusión, verdaderamente valerosa de esa afirmación de que no hay razas sino racismos.

  7. En España hay gitanos, ¿no? Dígame entonces por que dice que no hay razas sino racismos. Porque racismo hay, pero razas también, ¿no?

  8. Me temo, Guadaíra, que la afirmación de don josian está hecha desde una perspectiva etnológica, evolutiva, que nada tiene que ver con su planteamiento pragmático. Aparte de que, viviendo usted (supongo) en tan bello enclave sevillano, ¿quién le dice que en su genealogía no apareciera un cuaterón gitanito?

  9. Creo, señor Prof, que lo que está ocurriendo es que hay blogueros que han preferido hoy comentar la columna de ayer: eso es todo, me parece, a no ser que exista la posibilidad de que la mano larga de los “poderes fácticos” y los otros no estén enredando la madeja.
    Lo del doble silencio es magnífico y toda una batería de sugerencias para meditar sobre lo que está ocurriendo, no en USA, sino aquí, en nuestras carreteras, en nuestras ciudadades. Que el Gobierno calle no es novedad: ayer por primera vez Solbes llamó crisis a la crisis y hoy lo ha desmentido. El silencio es arma del Poder. Pero que callen los sindicatos no es más que una felonía.

  10. ¡¡¡Mandalena negociando con esos cafres!!! Prepárense para lo peor. Aquí en la consejería damos fe por anticipado.

  11. A quienes acumulamos años y no hemos llegado al ‘gagá’ absoluto, la memoria nos sirve de vez en cuando un plato frío. Ni se me ocurre el por qué, este lío del gasóleo caro que ha movilizado a camionatas, pescadores y algunos taxistas, me ha traído el recuerdo del 14D. Ya saben la huelga que comenzó a las 00 horas, con aquella pantalla de tv en negro.

    Ahora es todo lo contrario. Las televisoras nos traen primeros planos de hematomas por vergajazos, el entierro del exaltado, las góndolas vacías de los súper. Como si el hecho de que una familia no pueda comprar leche para los niños o se desarrolle una histeria acaparadora como si se acercara el apocalipsis, fuera un reality más.

    El Jefe destaca el dontancredismo de don Tâncredô, la ausencia del grandón de Comisiones o del jabalí de la Ugeté, como paradigmas de que se trata de una pelea a cara de perro entre la camionería y el consudomidor desamparado. Se dice que Italia -en aquellos famosos gobiernos efímeros de una época- funcionaba mejor sin gobierno que con él. Tal vez la gran lección de estos días, cuando solo sean ya historia, sea que el gobierno y las antiguas centrales sindicales -juas, juas, ¿se acuerdan de cuando se negaban a llamarse sindicatos a secas?- son adornos innecesarios, perifollos de los que puede prescindir el guiso de la vida diaria. Que no son ni garbanzos, ni tocino, ni pan, sino un pequeño canapé de sucedáneo de caviar que no se precisa gran cosa para ocupar debidamente el estómago.

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