OBITUARIO de Rafael Valencia

El viernes por la noche, nada más salir de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, su director, el profesor Rafael Valencia,  a quien acompañaba su secretario primero, el profesor Antonio Collantes, sufrió un malestar repentino que aconsejó trasladarlo al Hospital en el que fue ingresado y falleció poco después. Rafael Valencia (Badajoz, 1952) se inició en sus estudios árabes en la Universidad de Barcelona, doctorándose luego en Filosofía y Letras en la Complutense de Madrid, tras lo cual se incorporó a la Universidad de Sevilla en la que ha enseñado desde los primeros años 80. La noticia de su súbito fallecimiento ha conmovido a cuantos lo conocían tanto en el ámbito universitario como en el académico, sorprendidos todos por una muerte tan temprana como fulminante.

Valencia, experto medievalista y atento conocedor de la herencia islámica, fue un arabista apasionado que suscribía sus comunicaciones académicas con remite árabe sin perder ocasión de averiguar los recovecos de nuestro pasado andalusí a la luz de la moderna filología y siempre con un riguroso criterio histórico, fruto de lo cual –aparte de sus logros como enseñante de varias generaciones universitarias– es su extensa obra escrita en la que es palpable la huella de maestros remotos como Gayangos, la influencia de Emilio García Gómez, Torres Balbás y otras autoridades más próximas.

Traté a Rafael en la Real Academia –en la que fuimos elegidos a la par en 2010– con el afecto que estimulaba su constante sentido del humor tanto como el atractivo de sus saberes en tantas ocasiones expuestos con liberalidad a cuantos le consultábamos cuestiones relacionadas con su especialidad, que resulta de justicia advertir que no se limitaba a la materia árabe sino que incluía una avisada noticia del vasto universo semita y, más ampliamente, del horizonte cultural de la Edad Media. Pero resulta en extremo difícil resumir en un obituario de urgencia la versátil personalidad de este profesor inquieto que trabajó intensamente en cuantos empleos acumuló, en especial en su cátedra y en la Academia. No veo imposible que la ardua tarea que ésta le exigió sea por completo ajena a su desgraciado y fulminante final. De lo que estoy seguro es de que Rafael deja tras de sí el vívido recuerdo de una personalidad notable y de un ingenio del que tantas veces nos hizo partícipes, incluso en medio de las circunstancias menos favorables. Mucho bromeamos ambos sobre la escatología árabe y la cristiana. Hoy tengo la seguridad de que, ya integrado en ese plano misterioso, andará repitiendo aquellas bromas sobre el cielo bíblico y la Yanna coránica que prodigaba infatigable con su ingenio ocurrente indefectiblemente terciado de ironía. Nos vemos, Rafael, allá donde estás.

José Antonio Gómez Marín

De la Real Academia Sevillana de Buenas Letras

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