Varias veces nos hemos detenido aquí ante las aportaciones de Étienne Klein, en especial a propósito de su espléndido libro “Las tácticas de Cronos”, gran éxito de la temporada anterior. Nos aturde y entusiasma su idea sobre el Tiempo, su diatriba contra la perspectiva convencional, las audaces incursiones en el concepto y símbolo de una noción, el Tiempo, que escapa siempre y en toda época a la inteligencia humana escondiendo su auténtico rostro, la paradoja de los viajes al futuro y al pasado, el disfraz espacial con que el Tiempo acepta insinuarse a la comprensión humana viajando impasible en la órbita o deslizándose cauto sobre la esfera del reloj. Ahora en pleno ferragosto, irrumpe de nuevo Klein asegurando que si es cierto que la llegada del hombre a la luna determinó un cambio esencial en nuestra visión –en nuestra “mirada”—cósmica y, en consecuencia, la alteración profunda de la ilusión extraterráquea, no lo es menos que, desde la nueva perspectiva astronómica, nuestro planeta ha dejado de ser una “banalidad astrofísica” para convertirse en “el nuestro”, desde la evidencia de que nuestro propio pensamiento ha de insertarse en su suelo y de la inevitabilidad del geocentrismo gnoseológico. No hay, pues escapatoria, se acabó la ilusión de una futura huída a algún exoplaneta, la idea novelera de que la especie podría colonizar otros espacios tras la destrucción definitiva del suyo genuino. Klein se basa en una vieja intuición de Husserl para recomendar a ese animal inevitablemente geocéntrico que es el hombre, aviárselas para salvar este mundo, por la sencilla razón de que no habría de encontrar otro. Se acabaron los sueños. El turismo espacial existe pero no pasará, probablemente, de navegaciones de cabotaje.

Salir de la Tierra y llegar a la Luna habría supuesto, pues, para la especie recobrar la perspectiva ancestral que, en las noches claras, miraba a través de sus propios ojos un orden maravilloso que parecía converger en nosotros mismos. Y llegar a la Luna, poder contemplar la escena en sentido inverso, no ha hecho más que confirmar la intuición primordial que hacía del infinito nuestro entorno y del firmamento nuestro alfoz. Klein no nos ve de mudanza por el universo, a cuestas la vieja civilización planetaria y en busca de algún paraíso propicio, turistas a la fuerza tras la destrucción del solar nativo. Más bien cree en la necesidad de salvar los viejos muebles para garantizarle a la vida su medio natural e imprescindible. La fantasía sideral empieza y acaba donde lo dejaron Luciano de Samósata o Cyrano de Bergerac, pero no va más allá. El hombre no es ‘Gulliver’ escapado al espacio. Lo que quiere decir que tendrá que cuidar el planeta en vez de enajenarse en ilusiones vanas. Klein, tan amante de las paradojas, da la impresión de que ahora viene hablando en serio.

13 Comentarios

  1. Sus anteriores alusiones me sirvieron para hacerme conm el libro citado (ed. Siruela) que me resultó fascinante en muchos de sus capítulos. Esta nueva referencia al autor confirma mi impresión de hallarme antre un pensador inteligente y no ante un vendecuentos de los muchos que hay en la actualidad en el mercado libresco. Desde luego es definitivo el concepto de ja sobre que Hombre no es Gulliver escapado al espacio. Esa fábula de la traslación a otro planeta siempre me ha parecido ciraniana.

  2. La idea de escapar al espacio exterior es muy antigua, como bien sugiere el autor al citar a Luciano, pero tengo para mí que siempre fue una fantasía en la que no ncreyeron sus propios difusores. Aunque no hay que olvidar que la ciencia-ficción, o sea, la fantasía, es en realidad pdecrusora de la ciencia real y, en consecuencia, de la tecnología. Nunca se pensó en que Verne estaba hablando de algo posible cuando habló de sus viajes espaciales o submarinos, y ya ven. El señor Klein no debería ser tan dogmático al asegurar que el hombre no tiene otro hogar que el planeta Tierra.

  3. Miramos al cielo, sobre todo en estas noches de verano, y no es rrao que nos inunde la ilusión de la escapada al espacio. ¿No se dice en el tecto sagrado “no todas mis ovejas son de este redil”? Pero luego, volviendo a la tierra –a la Tierra– debemos olvidar esa fanmtasías y esforzarnos más por mantener en condiciones el planeta que ya tenemos. DEsde luego es verdad que desde que se pudo ver la Tierra desde fuera, desde el espacio, nos hemos acostumbrado a ver en ella algo así como un hogar. A eso debe de ser a lo que se refiere el sabio que cita jagm en su columna de hoy.

  4. Uno, quizás por un viejo vicio de caminar con la vista humillada, se detiene más en las últimas consideraciones del casero acerca de cuidar lo que va quedando de esta, nuestra común hacienda.

    En uno de esos documentales ‘que no ve nadie’ me aterraba yo hace poco porque iban superponiendo imágenes de 1962, ayer como quien dice, con otras de hoy. Desarrollismo o como se le quiera llamar, se iban ocupando espacios que eran verdes desde siglos y se habían ido sustituyendo por cemento o por cultivos bajo plástico. Explicaba cómo la procesionaria, común en los bajos pinares mediterráneos, iba subiendo por la falda de montes pinados, arrasándolos ya por encima de los mil500 metros. Cómo las manchas desérticas de siempre en la Pieldetoro se habían agigantado, más que duplicado y cómo nosotros no lo veremos, pero sí vendrán generaciones después que se pregunten qué clase de destructores eran sus abuelos.

  5. El celebrado Klein lleva toda la razón a mi humilde juicio. No olviden que alguien que se presenta con mi nombre debe sostener la máxima leibnitziana de que este mundo es el mejor de los posibles. La interesante novedad esrtriba en que Klein, contra una corriente muy extendida, no dice “le mejor” sino “el único”, y yo veo en ese matiz una sabiduría decisiva. Ya está bien de basura fantasiosa. O acabaremos viviendo, en efecto, rodeado de liliputienses.

  6. Me ha extrañado el relativo poco eco de esta interesante columna en el Casino. La idea del futuro “éxodo” de la especie se ha hecho ya incluso vulgar. Por eso me sorprende el desparpajo con que un pensador de primer nivel se enfrenta a esta especie de moda generalizada y expresa no su escepticismo sino su convencimiento de que la idea de una Humanidda fuera de la Tierra no es más que un sueño. Y una coartada, m,e gustaría añadir, para poder dormir tranquilos mientras este planetilla se va al carajo por culpa de nuestra barbarie.

  7. Interesante el tema, interesante el desarrollo e interesante el recuerdo que Clara y Elisa dedican a la Palabra, aunque me parece a mí que desenfocando la cuestión. Es apasionante, en realidad, el invento de ese “éxodo” de la Humanidad de que ha hablado Nemo, pero mucho me temo –y ahora podemos decirlo bajo la autoridad de Klein– que carezca enteramente de base. Nunca se sabe en estos tiempos acelerados, pero, por lo que yo sé, tendríamos que viajar mucho tiempo a velocidades prohibitivas para alcanzar el exoplaneta en cuestión… ¿No parece más responsable cuidar éste que tenemos y en el que misteriosamente nos instaló Quien lo creara? Decididamente, yo creo que sí.

  8. No se molesten en hacer las maletas, porque si fuera posible solo se iría una muestra de la humanidad, pero aún así la destrucción del planeta en aras de los grandes negocios se acelera de tal forma que no habrá quien pueda enviar ni a quien.
    No se olviden que estamos en la sexta extinción y que para más INRI la estamos provocando nosotros mismos, y tampoco se olviden que en las anteriores siempre se extinguieron las especies predominantes.

  9. No sean pesimistas, por favor, que el señor Klein puede estar equivocado y esa nave futura puede que algún día sea realidad. Ustedes saben que no suelo pasarme de optimista, pero hay ocasiones en que hay que aplicar el Sursum corda…

  10. Pues verá, don Heródoto: Suponiendo que esa nave fuera posible nos encontraríamos con que no tendríamos a donde ir por la sencilla razón de que el ambiente de nuestro planeta es el fruto de cuatro mil millones de años de evolución por efecto de una determinada clase de vida, y si es casi imposible la existencia en nuestra galaxia de un planeta gemelo y apto para nuestra vida, más difícil todavía sería encontrarlo.

    Además, si se salvaran todos esos imposibles sería una injusticia galáctica que tras destruir nuestro planeta se nos diera la oportunidad de destruir otro.

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