Nunca fue fácil la vida del profeta. Lean el Antiguo Testamento y comprueben que la persecución y la muerte, según se ha dicho, pertenecen por naturaleza al destino de los profetas: a Amós lo ultimaron de un vergajazo en la sien, a Isaías lo aserraron por la mitad, a Zacarías o a Jeremías los mataron a pedradas. El Nuevo, reprocha repetidamente al fariseísmo su pretensión de redimir esos crímenes con homenajes póstumos, y exhibe la cabeza del Bautista caprichosamente cercenada. No cabe duda de que la profecía es profesión de riesgo. Pero intemporal. Cuando se acercaba el año 2000 surgieron a manojos arúspices y augures que, cuando pasó la efemérides, fueron olvidados lo mismo que habría de serlo el vaticinio maya o la predicción papal de Malaquías. Hoy abarrotan las redes las adivinanzas sobre el coronavirus o el cambio climático. Cada tiempo –y cada tonto– con su tema.

Mala profesión, ya digo. Pensé en su día que  el caso de Gregorio Morán –con quien coincidí ya en la revista Triunfo— confirmaba esta regla cuando vi cómo primero La Vanguardia y luego un digital prescindieron de sus famosas “Sabatinas” acogidas hoy a otra cabecera. Pues bien, a mediados de noviembre escribió Morán una de aquellas sobre el tinglado trumpista que ha resultado por entero profética. No se trata sólo – profetizaba entonces– de la negativa del ‘pato rojo’ Trump a aceptar que había perdido, sino de algo inédito y más fuerte, como no aceptar las reglas del juego de acuerdo con su designio preelectopral: “no estoy dispuesto a admitir la derrota”. Y resumía la tragedia americana  constatando que, sus 72 millones de votos favorables, suponían ni más ni menos que “un deficiente mental con ínfulas de grandeza y muchos delitos en su armario, había conseguido que la mitad de los americanos lo consideraran el hombre idóneo para dirigir el Imperio. “Veremos cosas, me temo, hasta el 20 de enero, que nos helarán la sangre”, concluía sin haber visto, como nosotros, la inconcebible insurrección del trumpismo. “Las urnas, en ocasiones, muchas más de las que nos creemos, las carga el diablo”, se lamentaba con amargura el profeta.

Gente a la que le tengo ley ha defendido a Trump –cierto que en clara minoría—apoyada en sus buenos aunque cuestionables resultados económicos, y siempre con el argumento de que su mala imagen no era sino el fruto de un vasta campaña “progre”. Morán, que es un irreprochable progresista de toda la vida, no sólo ignoró ese enfoque sino que dio en la tecla con antelación y en solitario. Me temo, a mi vez, que con esa anticipación, ese viejo aguerrido no haya hecho más que ofrecer a Ajab o a Jeroboán ese flanco vulnerable que es la auténtica marca del profeta.

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