Sostenía Guillermo Sautier Casaseca –el maestro clásico del serial– que la garantía imprescindible para ese género lacrimógeno no era otra que tener dispuesto un rápido final. Algo que, evidentemente, no tiene claro esa “madre coraje” de Maracena que, tan pésimamente aconsejada por ciertos radicalismos “de género”, lleva demasiado tiempo ennegreciendo la crónica diaria y atosigando a dos Justicias, la española y la italiana, que se han visto incluso en la precisión de condenarla a una severa pena de cárcel por su desafío. Lo que se inició como el pleito obligado de una madre perjudicada se ha convertido en una triste telenovela cuya responsabilidad, ciertamente, no es más que de los propios “medios”. Un mal servicio a la compleja causa de la Justicia familiar sobre el que únicamente cabe (y urge) extender un discreto velo de silencio.

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