Ayer, madrugada en España, acudieron a la Casa Blanca para tomar una cervecita con el Presidente el profesor negro y el sargento blanco que protagonizaron el incidente de Cambridge, todo un gesto de la presidencia, acuciada, también es cierto, por una reacción no poco histérica de la opinión pública, que ha entrevisto en un simple comentario de Obama –calificar de ‘estúpida’ la actitud del policía—el viejo fantasma del racismo. Por parte del Presidente, no cabe duda de que su agilidad al autocensurarse y dar marcha atrás sin complejos acredita una buena salud política y un excelente sentido de la oportunidad que ya querrían para sí muchos barandas, pero no deja de resultar un poco forzada toda esta tramoya del frenazo, las explicaciones y la cervecita, dada la relativa insignificancia del desliz presidencial. ¿Se hubiera movido una hoja de haber sido un presidente blanco el que calificara de ‘estúpido’ a un sargento negro? Pues, francamente, me parece más que improbable, lo que quiere decir que, en el fondo, ese rescoldo nunca apagado del racismo yanqui está en el propio criterio público, adherido como una lapa al inconsciente colectivo, más que subyacente en el vocabulario de un presidente en el color de cuya piel parece que se ha querido ver, a la primera de cambio, la sombra del viejo pleito. En USA hemos visto moler a palos a un negro y hasta abrasar viva a una familia de negros sin que el ruido y la furia pasaran de la letra impresa y, desde luego, sin que la Casa Blanca viera en la precisión de referirse al suceso. Algo ha cambiado, pues, en la gran democracia americana, y algo tan sutil que se manifiesta con estruendo sólo porque al presidente se le escapa un adjetivo inadecuado a la hora de referirse a un poli blanco por haber detenido a un profe negro.

Desde el entorno de Obama los consejeros se han movilizado para animar el cotarro con el mensaje de que, como no hay mal que por bien no venga, en fin de cuentas el término despectivo del Presidente va a servir no sólo para dar una soberana lección de humildad a tirios y a troyanos, sino para mejorar unas relaciones (sic) entre la policía y la población que, por lo que se ve, no resultan idóneas, hoy por hoy, ni para blancos ni para negros. Los negros que necesitaron dejarse matar en Normandía o en Vietnam para ver medio reconocidos sus derechos elementales, son recibidos hoy en la Casa Blanca en pie de igualdad con los caucasianos para compartir una amigable cerveza con el mismísimo Presidente. Desde luego, si todo esto no es un habilidoso montaje de su gabinete, merecía serlo. Pocas veces un Presidente americano ha hecho más con menos por superar el racismo, que Obama con esas tres cervecitas que valen por media campaña.

3 Comentarios

  1. Nuevo caso de oportunismo político de la presidencia de los USA , en todos sitios cuecen habas.

  2. Grtaciosa columna. Es un gesto inteligente, una pirueta bastante elegante , lo que ya es mucho, pero me temo que no sea lo que se espera del hombre con mas poder en el mundo…
    Besos a todos.

  3. Pues sí, Mr. Obama y la maquinaria demócrata saben que a pesar de la sensación causada el Presi del Imperio debe andarse con pies de plomo, aunque por ahora parece que los mueve como bailarín de claqué. Mas le vale, el habitus de la América profunda no se lo llevan tres cervezas.

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