No hemos percibido el menor rumor mediático con motivo del tercer aniversario de la formidable tragedia de Haití que se cumplió hace poco. Olvidar doscientos mil muertos es tan fácil hoy día como deshacerse de cualquier otro recuerdo, pero no cabe duda de que dice bien poco de esa fantaseada solidaridad de la que alardea medio planeta y parte del otro medio. Ni hay memoria ni noticia que resista diez telediarios –¡a excepción de la trágica macrofiesta de la Casa de Campo!—y menos si se trata de compadecerse de un país pequeño y pobre, enigmático y como salido de la prosa de Carpentier, que se ha quedado en cuadro y no ha recibido, como era de esperar, la ayuda prometida por todo el mundo en los primeros momentos. Me dice un amigo presente en el lugar que Haití se levanta poco a poco de entre los escombros, que convive la vieja cultura con el paisaje zombi, y que ni siquiera el monumento a las víctimas prometido por el presidente Michel Joseph Martelli se ha levantado. Van despareciendo una a una las manos auxiliadoras, se traspapelan los compromisos oficiales, no llega apenas la ayuda y el Gobierno ni siquiera ha logrado imponer la imprescindible disciplina antisísmica de modo que la gente sigue construyendo a la manera tradicional sin la menor precaución. Haití está solo entre quejas que denuncian la crisis de la dignidad humana y, por descontado, gritos de protesta contra la deserción general. Pero ya no es noticia y, por tanto, ya no existe para los mismos que desgarraron sus vestiduras mientras duró el festival trágico. Incluso allí se ha celebrado un recordatorio con sordina, de bajo perfil. ¡A olvidar lo antes posible! A distancia, casi nada resulta conmovedor.

 

Se han hecho cálculos. Dicen unos que esos 200.000 muertos haitianos representan, en términos relativos, una desgracia equiparable a la sufrida por los grandes países en la última gran guerra o en las recientes contiendas. No lo sé, pero entre las reflexiones que

desde allá recibo destaca ésa que mencionaba al principio, o sea, la de que la memoria colectiva en esta sociedad medial tiene corto recorrido. Nada interesa más allá de un tiempo generalmente breve, los males se suceden, un clavo saca otro clavo, y hay que desplazarse al clavo nuevo para estar al día. En esta sociedad lo que no es espectáculo no prospera. Y tres años después, los muertos de Haití están bien enterrados.

7 Comentarios

  1. Usted conoce mejor que nosotros las razones por las que el interés de las noticias, buenas o malas, son administradas por los intereses editoriales. La industria del morbo priva sobre todo, apuntalada por las de los intereses político-partidistas. Me imagino que no le cuento nada que usted no sepa.

  2. En la sociedad espectñaculo las catástrofes no son más que noticias. Una vez pasado su interñes todo eso de la solidaridad es pura palabrería.

  3. En eso estamos: en la sociedad del espectáculo. Somos todos unos mirones y cuando nos molesta el espectáculo nos damos la media vuelta y ahí se queda eso. La tele y demás media, en vez de despertar conciencias lo que hacen es adormecerlas.
    Besos a todos.

  4. Están empezando a asesinar a los cabecillas de la oposición en Túnez. Dentro de poco los tenemos todos barbudos y ellas todas de negro. Se veía venir pero ahí también torcimos la vista.
    Besos de nuevo.

  5. Triste evidencia la que revela la columna. ESo de la unidad del “mundo libre”, el “orden internacional” y demás, es un cuento para diplomáticos. Y los traficantes de armas lo saben. Haití es un pequeño país mísero. Tendrá, en consecuencia, que arreglárselas solo.

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