Es duro tener que nadar contra corriente y obvio que lo más fácil en el caso del presunto secuestro de la niña del Torrejón será hacer bulto en la bulla reclamando justicias que no están al alcance de la mano de nadie o proponiendo novelerías –la intervención del  presidente del Gobierno incluida, que ya me dirán en qué puede quedar, aparte de unas cuantas palabras– que prolonguen el espectáculo y profundicen la tragedia familiar. Un presunto secuestro o lo que sea finalmente el caso, no va a ser descubierto porque se movilice al personal y se grite en la calle con el ojo puesto en la cámara del telediario. Otra cosa es que la familia bregue y no descanse, y que las policías extremen unos esfuerzos que sería insensato no suponerles. La suerte de esa niña no va a resolverse en la calle. La única solidaridad posible y razonable es la que las instituciones, como sin duda están haciendo ya, puedan prestarles sin regateos.

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