Nunca me gustó la imagen de las viejas escoltas armadas que acompañaban a Cristos y Vírgenes en las procesiones, ni los palios cubriendo al dictador. Para qué referirnos a lo que hemos despotricado contra aquellos obispos que saludaban a la romana, es decir, a lo fascista, por no hablar de algún cura montaraz con pistolón al cinto. Incluso contribuí, si es que no fui pionero, al explicar durante años en la Universidad (en la Complutense, por si hay dudas) la implacable lógica de la secularización del mundo que los Weber, los Berger y los Luckmann, entre otros, contemplaron como secuela inevitable del industrialismo. Los tiempos cambian y es obvio que nuestra sociedad no podía conservar intacto el complejo mental heredado de una tradición armada en exceso sobre el imaginario católico. Ahora bien, esperábamos que la evolución de la propia cultura religiosa –Mâle advertía que ya no hay arte sagrado sino, todo lo más arquitectura religiosa—fuera autónoma y no forzada, lo que quiere decir ante todo que no viniera impuesta por los poderes civiles y menos a modo de revancha. Pero eso es lo que ha ocurrido, quizá porque estos revanchistas ignoren la mayor, a saber ese efecto descralizador que nadie tiene por qué molestarse en encasquetarle a las ideas ni a la práctica religiosa pues de eso se encarga la propia lógica social. Es verdad que en España han sobrado razones para ver en la religión tradicional un factor político de primer orden; pero no lo es menos que, con motivos o sin ellos, nuestras reacciones se han resumido en la barbarie, sin que ni siquiera hayamos escarmentado de sus consecuencias. Hemos pasado de soportar a un caudillo que viajaba con un brazo momificado a arrancarle brutalmente el brazo a un Cristo popularmente venerado. ¿No tendremos término medio? Cuando escucho esa pregunta al progresismo cuerdo me pasa ante los ojos, como en la visión del ahogado, la deplorable saga de nuestra proverbial estulticia.

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Con un agravante: el de que mientras se apela a la secularización para acelerar la ruina de la religión propia se recurre a la razón más elevada para fomentar las ajenas, y no sólo por temor, que también, sino por esa simplicidad que ha hecho posible en nuestra historia desde el chafarrinón antiladino del niño crucificado hasta las atroces leyendas ciertas de nuestras guerras civiles. Enfrenten la escena del cafre agrediendo al Gran Poder con la inminente ley de Libertad Religiosa con que se pretende, precisamente, suprimirla, y comprenderán que no salimos de las mismas. Valle decía que la historia de España es un albur o un barato. Y ha resultado cierto.

10 Comentarios

  1. Somos el único país europeo que nunca aprendió a respetar el sentimiento religioso de los demás. Nuestra historia es descorazonadora en este sentido. Hoy, en plena campaña contra la religión que la columna llama tradicional, se apoya cualquier cosa que la lastime. Ese loco no ha actuado en el vacío, sino en un país muy concreto, en un momento muy concreto, en un clima muy concreto.

  2. No sé qué opinará el Rewverendo de este blog, nuestro Cura de pueblo, pero quisiera llamar la atención sobre algo. ¿Se han dado cuenta de que no se ha oído ni siquiera dentro del ámbito religioso hablar de “sacrilegio”? Emprendearla a patadas con una imagen venerable, y “sagrada” para muchas personas, no es para el poder civil, llegados a esas alturas, más que un delitillo “contra el patrimonio artístico”. ¿Es eso respetar el sentimiento legítimo de los demás? No me recuerden que en España se puede ya quemar impunemente la bandera, injuriar al Jefe del Estado y referrise a la nación de todos como “la puta España”. Recuerdo que la actual ministra del Ejército nada menos se vistió en su día la camisola con la leyendsa “Yo también soy Pepe Rubianes”, que fue el autor de esta injuria. ¿Hacen falta explicaciones? Yo creo que no. Este régimen sabe bien lo que busca por más que pueda equivocarse.

  3. Vivimos cosas inexplicables, al menos a mi modo de ver. Pero creo que esas cosas no surgen espontáneamente sino estimuladas además de consentidas y hasta subvecionadas. Pagan el Orgullo Gay al tiempo que reclaman reducir la mísera aportación que el Estado hace a Cáritas por la cuenta que le tiene. Esto no hay quien lo entienda, si no es desde esa perspectiva.

  4. Todo esto me suena. Yo ví quemar la iglesia de San José en Madrid. Desde la cera de enfrente. Y vi otras muchas tragedias. El que haya sembrado estos vientos deberá responder por su responsabilidad. Así como sus cómplices.

  5. No me creo que ese iconoclasta esté loco ni que actúe por motivos estrictamente personales. Debo confesar que nunca imaginé a nadie tan loco como para resucitar los fantasmas dormidos de la “guerra de papá”, en realidad ya la “guerra del abuelo” y hasta del bisabuelo. Pero ahí está el resultado. De momento solo van a por las imagenes.

  6. Ya se echaba de menos una opinión del anfi sobre el suceso sevillano. Esta que nos ofrece es muy seria y serena, por más que apunte y dispare sin contemplaciones contra quien debe. Se está equivocando esta gente al azuzar viejos odios anticlericales y absurdos prejuicios antirreligiosos. Veremos las consecuencias aunque ya las estamos viendo.

  7. A fuer de teísta ilustrado me uno a las quejas por ese atentado que no lo es sólo a la imagen o a una cofradía sino al sentimiento de millones de personas. Y conicido en que acciones como ésa es ridículo que se sancionen como simples faltas o pequeños delitos contra el patrimonio artístico, puesto que nadie en su juicio ignora que hay símbolos que trasciendne con mucho su materialidad. Una vez alguien defecó sobre la tumba del Caudillo y sus nostálgicos se cabrearon a justo título, como se careabrían otros si alguien se mofara de los líderes históricos o actuales de los partidos.

  8. Completamente de acuerdo. Hay cosas incomprensibles, cada día más frecuentes y más graves, a medida que la conciencia de distancia de ellas y las mira con indiferencia, es decir, sin el menor respeto por los demás. Tendremos que lamentarlo.

  9. Incomprensible aunque, como parece que hay acuerdo pleno, explicable. Siembra viesto, etcétera. Lo que cuesta y duele a cualquier biennacido es comprobar que el Poder anima estas guerras cada día más explícitas, guerras olcidadas hasta que ha vendio a recordarlas con empeño algún hideputa.

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