Es intolerable que en el Congreso se sublime el insulto con el viejo tópico del “señorito andaluz”, pero más todavía lo es que ni una voz se alce enfrente para rechazar por las bravas la idiotez de ese diputado catalán que, hay que recordarlo, es socio del Gobierno. No puede evitarse que un insensato recurra a tópicos y diga sandeces; es indispensable, no obstante, cuando el tópico es insultante, que se le responda con tanta energía como buen criterio. Claro que lo que resulta preocupante es que un cuarto de siglo largo de convivencia autonómica no haya servido siquiera para difuminar eses clichés arbitrarios que, en no pocas ocasiones, se propician desde la propia región insultada por razones partidistas o por simple e ingenua ignorancia. ¿Cuántas veces se ha invocado esa imagen rancia desde aquí dentro, cuántas se la utilizado políticamente para caricaturizar al adversario? Ese tonto catalán no ha hecho más que utilizar un instrumento que puede que lleve marca andaluza. Quizá eso explica mejor que nada el silencio ante el improperio.

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