El martes, la Audiencia de Sevilla pondrá punto final (de momento) al “caso ERE” tras ocho años largos de idas y venidas. Y lo hará extremando el sigilo ya que una Justicia pública, por grande que sea el interés y la curiosidad del gentío, no tiene por qué ser espectacular. ¡Qué bueno sería que el delicado tacto empleado en este asunto se generalizara hasta convertirse en preceptivo y habitual para altos y bajos, ricos y pobres, amigos y no tanto! Aquí venimos insistiendo en la conveniencia de recibir la esperada sentencia sin la férula de la pasión, es decir, sin deseos de impunidad ni ansias de vindicta, no por exigencia estética, sino por imperativo moral. Lo ocurrido con los ERE debe ser aclarado y sancionado con arreglo a Derecho, eso es todo. Lo demás, no sería más que complicidad o malevolencia, según.

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