Parece que no es bueno dejarse llevar por la vista a la hora de comprar tomates. Haber hecho eso durante más de medio siglo, eligiéndolos por su encendida coloración, ha acabado por hacerlos insípidos a causa de que, al seleccionar el gen que controla la maduración uniforme, se ha provocado la inactivación de una proteína encargada de la producción de azúcares y otros elementos que son los que lo hacen gustoso. La vista suele ser mala consejera –cosa que atestiguaría, sin duda, una multitud de esposas y maridos—pero ciertamente es el sentido preferido de la especie. Y lo mismo que con los tomates suele ocurrir con los políticos, a los que se elige, sobre todo, por su aspecto y sin la menor idea de su interioridad, a lo que ha contribuido mucho la vulgarización de la teoría del carisma. Adolfo Suárez recibía cartas de amor de la misma manera que durante el octanato de Aznar hubimos de soportar con paciencia las alusiones despectivas a su bigote y las leyendas sobre los alzapiés que utilizaba, como si no supiéramos lo arriesgadas que son las apariencias. Los Kennedy –Jack y Bob—se llevaron el gato al agua por su indudable atractivo, y es verdad que llevaron al hombre a la Luna, pero también que estuvieron a pique de un repique de provocar la tercera Guerra Mundial y que tuvieron su alícuota de culpa en la tragedia personal de Marylin. Ahora, por ejemplo, lo que se lleva es repetir que Rajoy no es carismático y por eso mismo no resulta atractivo, como si arrastrar ciertas consonantes o sonreír con dificultad tuvieran algo que ver con la capacidad política, y lo curioso es que se sigue diciendo tras haber ganado varias elecciones y sabiendo por experiencia que los tomates más colorados –y ojo, porque lo dice nada menos que la revista “Science”– resulta que son los más insípidos. La vista es el sentido más arriesgado de la condición humana.

Los biólogos predican ahora la necesidad de seleccionar los tomates de otra manera pero el ama (y el amo) de casa –y están en su pleno derecho—siguen prefiriendo a los más rojos y, salvo incendio, inundación o peligro de piratas, como decía el Código antiguo, votando a los más atractivos. Eurípides sostenía que el oído era superior a la vista, lo que deja su margen a los “piquitos de oro”, pero el triunfo sigue siendo para las “boquitas pintadas”. Mucho me temo que también nosotros acabemos inactivando la proteína de la excelencia.

1 Comentario

  1. La elección en democracia nunva estuvo clara. Fue censitaria (sólo para adinerados), ahora es universal y directa, pero en Grecia, que la inventó, funcionaba por sorteo. Si los políticos no cumplen los programas la lógica de la representación de desploma. Aquí -y en muchas partes– estamos a punto de desplomarnos.

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