La estupenda ocurrencia del presidente Sánchez de volar en un Falcon del Ejército del Aire tiene poco de original, ésa es la verdad. Recuerden la que se armó cuando Guerra requirió los servicios de un Mystère para volver de Portugal saltándose la incómoda cola de Villareal de Santo Antonio o el jaleo provocado por Zapatero cuando pilló el suyo para asistir a un mitin de su partido en Langreo. Muy atrás queda la imagen, tan sorprendente en su día, del presidente González sentado triunfalmente bajo la toldilla del “Azor”, sin duda inspirada en las que la prensa había venido ofreciendo año tras años para festejar las vacaciones marineras del Generalísimo o puede que hasta en aquella famosa en la que, como invitado del Caudillo, aparecía don Juan de Borbón. La huella de la Dictadura en el psiquismo de los líderes democráticos de la Izquierda es innegable y por completo evidente en estos elocuentes retratos que revelan el subconsciente mejor que lo harían cien tratados.
Lo llamativo del asunto es, en todo caso, el hecho que ninguno de los líderes de la Derecha democrática haya sucumbido hasta ahora a la vehemente tentación de emular en sus costumbres al mítico Dictador, conscientes quizá de que, en su caso, el escándalo provocado por semejante imagen hubiera alcanzado las cotas más altas de impopularidad y la lectura intencional de su gesto que se habría hecho por doquier hubiera resultado demoledora. ¿Tan seductora es esa tentación, cómo explicar el resabio autocrático que transparenta semejante pulsión en responsables políticos en los que cabría esperar la mayor susceptibilidad a la hora de alejarse de las aborrecidas imágenes del pasado? Se ve que la “memoria histórica” incluye inconfesables arrobos por el poder pretérito como una huella indeleble y, por lo visto, tan profunda que ante ella poco pueden la discreción y la vergüenza ajena. Y que el Poder se tiñe indefectiblemente de patrimonialidad. Montesquieu lo vio claro cuando en “L’ esprit des lois” escribió que, en efecto, todo hombre que alcanza el poder tiene a abusar de él hasta tropezar con un límite insalvable. Un límite que aquí –hoy por mí mañana por ti— no existe en una práctica democrática hecha ya a miserias mucho más graves. Las formas de la corrupción son infinitas y a la vista está que encuentran su respaldo entre los anhelos más íntimos e inconfesables del subconsciente humano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.