No me gustan las grabaciones secretas. Comprendo, sin embargo, que hemos llegado a un punto en que grabar las conversas con el Poder o sus allegados se ha convertido en una necesidad algo más que disculpable, lo que ha convertido a nuestro país en una película de espías. Cuando un funcionario discreto le dijo a una directora de la Junta (“paralela”) que, lamentándolo mucho, él no podía bregar con cierto expediente irregular porque eso no era ético, la dama le contestó impertérrita: “¡Huy, ético! Pero, almita de cántaro (sic), si fuera por la ética ni tu ni yo podríamos trabajar en esta institución!”. Y ahora circula a todo meter por la Red la grabación que otro funcionario, que no debía tenerlas todas consigo, le ha hecho a una delegada de Empleo de la Junta que reunió a sus trabajadores públicos para instruirlos en la necesidad de        que abandonando su trabajo, se convirtieran sobre la marcha en agentes electorales del 22-M dado que, de perder las elecciones el PSOE, ellos también perderían sus puestos de trabajo. Nunca hubo tanta grabadora en España, jamás los ciudadanos desconfiaron tanto del prójimo como para llevar encendido el magnetófono en el bolsillo por lo que pudiera ocurrir, lo cual no puede resultar raro en un país en el que, desde la Familia Real, algún miembro indigno firma un correo electrónico como “el duque em-palmado”. Qué asco, oigan, qué disparate de sociedad en la que no sólo el “Gran Hermano” sino los peatones se graban unos a otros esos paliques que son, en última instancia, el único recurso que le queda al ciudadano honrado.

Todo el follón del saqueo andaluz comenzó cuando dos desaprensivos le pidieron a un empresario una millonada a cambio de mediar para concederles una subvención. ¿Está bien o está mal eso de grabar subrepticiamente? Miren, yo no digo más que si la delincuencia no fuera de curso legal no habría necesidad de defenderse grabando las conversaciones y yendo luego a la policía o al juez con la cinta como prueba. ¡Y se encabritaban cuando decíamos que la corrupción estaba generalizándose, con el cuento ése de los “casos puntuales”! La partitocracia ha degradado a la sociedad en su conjunto y anda convirtiendo en espías a una legión de ciudadanos de a pie que no ven en la convivencia democrática otra garantía que la de grabar al político depravado sus indignas propuestas. “Si no ganamos, tendréis que buscaros la vida”, decía esa delegada. No he escuchado mayor vileza en los días de mi vida.

 

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