Suelo decir que menos mal que el gentío soberano no se entera más que a medias o a tercias de lo que, realmente, ocurre en la vida pública. Sabe la gente que hay corrupción, que esto no hay quien lo pare, que los pactos municipales se hacen siempre a base de dejarle la gestión del urbanismo al que los posibilita, que cada día hay más nuevos ricos en su entorno a los que no se le conoce otro currículo que el color de su carné partidista. Pero su información no suele llegar más allá de la mera noticia sin que, salvo en raras excepciones, llegue a enterarse del detalle de las mangancias perpetradas por los dirigentes. Lo que está ocurriendo en Cataluña –por no remontarnos ahora hacia atrás—es de traca, como sabe cualquier lector medio de este periódico y de algún otro, lo mismo que lo que ha sucedido en Bankia, y sin embargo, a lo más que llega la opinión pública es a expresar con cierta vaguedad su conclusión de que aquí va a la cárcel muy poco delincuente distinguido. Y eso es así, acaso, porque la corrupción va elevando su dintel a medida que se suceden los casos, de tal modo que, visto en perspectiva, el caso Filesa o el de Juan Guerra resultan un juego de niños comparado con los saqueos posteriores, como el andaluz de los ERE y las prejubilaciones falsas, o el de las familias dirigentes del secesionismo catalán, especialmente la del patriarca Pujol, alguno de cuyos miembros ha llegado a emular a Julián Muñoz, el famoso “Cachuli” marbellí, en el uso financiero de las bolsas de basura.

Temo que, por desgracia, la idea de que la corrupción es efecto indeseable pero también inevitable de la política es algo que ha echado hondas raíces en el magín popular y ello es lo que propicia la rara conformidad de los ciudadanos con el deplorable espectáculo del agio. Y sin embargo, cada día crece el eco de la protesta que demanda un castigo ejemplar para los ladrones de guante blanco. ¿Cómo explicar lo que vamos sabiendo de los gerifaltes catalanes o andaluces (y por supuesto, de los valencianos, gallegos o castellano-manchegos) dando lo mangado por perdido y desde la convicción de que ninguno de ellos dará con sus huesos en la trena? Es posible que esta democracia no resista más la tensión provocada por su fracaso ético y moral si el pueblo no ve algún ejemplar que concierna a los altos (y presuntos) mangantes. La Fiscalía general se juega el resto en este envite que incluye nada menos que nuestro sistema de libertades.

6 Comentarios

  1. Berlanga se quedó corto. ¿Se liquidará Bankia o os ERE andaluces sin que los de arriba pisen un calabozo? Es lo más probale, es decir, lo más desolador.

  2. Termina usted el año con muchos bríos don Josean, y Dios se los conserve por mucho tiempo. No comento su papel, porque no hace falta, y ya les hace usted bastante honor a todos estos mangantes. Lo importante es que siga usted este a164o que entra igual que lo está usted terminando.
    Besos a todos y en especial a usted.

  3. Está todo dicho en la columna. Esperemos que, si no todos a la cárcel, al menos la Justicia se haga notar.

  4. No digo yo todos, pero muchos, sí. Y cualquier persona bien informada sabe quienes no deberían librarse del cepo.

  5. ¡Feliz año a todos! Esta es de ls columnunas que se comentan por sí solas. El espectáculo es demasiado conocido pero no parece que su repetición condicione la inhibición de los que mandan. ¿La cárcel? Siempre estoy en contra de esa medida pero es verdad que algp hay que establecer para que estas conductas no sean impunes. Nos va a todos mucho en ello.

  6. La corrupción es inseparable de la política y lo ha sido siempre. No se olvide usted de esa crónica en la que van juntos desde César a Pepiño Blanco. No hay régimen ni nación que se haya librado de ellas, aunque es evidente que haya –se hace todos los años– un mapa y un ránking de la corrupción en el que creo recxordar que no salimos del todo mal parados. ¡Imaginen como será la cosa!

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