No hay tragedia que dure en titulares más de un tiempo prudencial. Aburre la repetición, en especial cuando las víctimas desbordan la expectativa de los benefactores. Un tsunami, una erupción devastadora, un terremoto –da lo mismo—nadie espere que se mantenga en portada hasta que se repare la desgracia. Tenemos muchos casos, pero, sin ir más lejos, ahí tienen la situación de Haití cuatro años después del temible seísmo que causó 220.000 muertos cuando menos y asoló el país entero. ¿Quién sube hoy a Haití a los grandes titulares, si la noticia vieja, ésa es la verdad, deja de ser noticia? La ayuda recibida, que ha sido considerable –la mayor aportada nunca a un país sudamericano—no ha llegado más que a uno de cada dos damnificados porque, como era de prever, el dinero se le ha quedado entre las uñas nunca sabremos a quién, de manera que la pobreza se ha consolidado, y las familias deshechas se apretujan en sus cubículos aunque se alcen nuevas escuelas y se reparen los templos mientras los adolescentes y los jóvenes progresan adecuadamente en la práctica del béisbol bajo el signo yanqui. Tres cuartos de lo mismo ocurre en Filipinas tras el último gran tifón, y en todas partes donde se ha puesto a prueba la solidaridad. La propia ONU, las ONGs que acudieron en masa el primer día, van abandonando un país que, para qué engañarnos, se considera inviable como tal Estado fallido, al tiempo que los 200.000 haitianos refugiados en la Republica Dominicana se ven en la coyuntura de perder esa nacionalidad y quedar como apátridas para los restos. La solidaridad es prima hermana de la noticia: lo que deja de ser novedad queda fuera de su alcance.

 

Un documental de Raoul Peck, “Assistence mortale”, permite ver en directo la pavorosa realidad de la catástrofe, tanto como la miseria de las instituciones, el escaso poder de la dirigencia, la ausencia de una sociedad civil capaz de impedir la rapiña perpetrada por algunos aguilillas. Y el fracaso completo de una ayuda internacional sin planificación alguna –desde EEUU y Rusia hasta Nigeria pasando por China, Venezuela, Qatar, Japón o la UE–, incapaz de toda estrategia de desarrollo en beneficio del empleo y de la renta. Haití agoniza cuatro años después, algunos jóvenes juegan al béisbol y un puñado de especuladores se han puesto las botas. Nada nuevo. Al contrario, otra prueba de la falacia de una solidaridad internacional incapaz de todo lo que no sea la exhibición inicial de los buenos deseos.

4 Comentarios

  1. ¿Por qué será que siempre que leo Haití, por una desconocida compulsión, tiendo a situarla en lo más profundo del África profunda? Ya sé que la Hispaniola fue el primer lugar del Nuevo Mundo donde los españoles formaron una colonia. Que fue el territorio donde se clavaron los primeros estandartes de Isabel y Fernando. Pero.

  2. Haití es el mundo pobre, querido Epi, el der los verdaderos parias. Por eso nada tiene de raro su “error” al trasladarlo desde la próspera América, es un decir, hasta la hambrienta África. Me apunto a esa tesis: la solidaridad o es noticiable o no es. Don ja conoce bien este negocio de la información aunque él ponga más empeño en la “formación”.

  3. Una pena, una desgracia. Ante la catástrofe el mundo reacciona como si fuera a acabarse,. pero al poco tiempo –cuando decae el titular, según el autor– todos nos olvidamos y… ¡hasta la próxima! Haití es una desgracia viva y nuestro olvido un autoindulto más.

  4. La tragedia antillana, el cuadro de Carpentier en carne viva, todo eso es poco para el interés público, gran monstruo que nunca se sacia de tragedias aunque hagas ascos con frecuencia a lo que engulle. La solidaridad tiene que ver más con la novedad que otra cosa, y nada sigue siendo nuevo tres semanas, dos meses, un año o cuatro después.

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