Entre los extremos curiosos que han sido recordados a propósito de la muerte del empresario catalán Juan Vilá Reyes, protagonista del más sonado escándalo de la dictadura, el “caso Matesa”, elijo su afirmación, contenida en su libro memorial escrito hace unos años, de que fue él mismo quien le explicó a Franco –cara a cara, que a había que tenerlos bien puestos– cual era su procedimiento para evadir dinero fuera del país “de la misma manera que lo venía haciendo la oligarquía financiera”. Mirado con la perspectiva de los años, caben pocas dudas de que el “caso Matesa”, por su volumen y procedimientos, incluso por su elemental ingenuidad, resulta una broma de la que se carcajearán divertidos esos jayanes que practican hoy la rapiña que llaman eufemísticamente “ingeniería financiera”. También parece claro que aquel zambombazo al pujante Opus Dei fue más que nada una conjura de los llamados “azules” quienes poco después recibirían la réplica vengativa cuando desde la orden seráfica se conjuraran para sacar a la luz el mangazo de “confecciones Gibraltar”, en el que los beneficiarios eran sus rivales. Pero lo que, en resumidas cuentas, más debe importarnos, a mi juicio, es la evidencia de que las corrupciones han crecido exponencialmente en una sociedad mucho más desarrollada, rica y compleja, confirmando la teoría que, a la sombra de Bourdieu,  sostenemos muchos (bueno, unos  cuantos, al menos) de que el agio, el negocio sucio, la productiva putrefacción de la vida económica es un efecto tal vez inevitable del capitalismo a gran escala de la era postmoderna. Vilá Reyes –a quien echaron un par de siglos largos de cárcel junto a otro par de ministros, naturalmente indultados—no hacía otra cosa, la criatura, que fingir que exportaba telares subvencionados que, en realidad, se endosaban a empresas fantasma montadas por él mismo. Un día en Buenos Aires, el poeta comunista y eximio librero Héctor Yánover, me señaló al pasar un edificio medio abandonado en el que según él, enmohecieron los telares por  vender con los que enriquecía el integrismo católico español de los Ullastres, los García Moncó, los Espinosa San Martín a costa de los cuatro cuartos que, en impuestos indirectos, el régimen le sacaba a los españolitos. “Bueno, tú no te vas  escandalizar por esa vaina”, le dije extremando mi precario lunfardo. “Y claro que no, mi viejo, si le mostré a vos el almacén fue no más por la cosa arqueológica”. Llevaba razón Yánover (los poetas raro es cuando no la llevan): la corrupción es arqueología, sólo que una arqueología mejorada por un progreso constante.
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El argumento de que con la dictadura la podre económica era igual o mayor que la que padece nuestra democracia me parece miserable además de mezquino y,  además, temo que no resistiera una auditoría seria. La corrupción fue para Franco  –un filósofo de batallón, un furriel moralista—un instrumento de control más del que, maquiavélicamente, era normal que el gobernante se sirviera, y eso fue lo que contó con crudeza no poco llamativa su primo y confidente Franco Salgado Araujo en unas memorias demasiado olvidadas: que el Caudillo cerraba los ojos a los manguis convencido de que la mangancia iba implícita en la humana naturaleza y de que los mangantes son los adictos más fieles. ¿Y qué hay de nuevo en este punto –hay que preguntar hoy– acaso los poderes democráticos no han permitido y hasta practicado la corrupción para financiarse y para convertir en un círculo de hierro el anillo de oro en que se blindaban los “amigos políticos”? Vilá Reyes resulta un pringao si se le compara con los grandes defraudadores que hoy desvalijan las arcas públicas y las privadas y, sobre todo, si se contrapone su primitivismo logrero con las altas tecnologías del agio que hoy se sabe de memoria cualquier concejal.

11 Comentarios

  1. Verdades como puños dice este hombre incorregible, Dios lo bendiga. No me deja palabra, aunque se me ocurren muchos ejemplos para apoyar su tesis. Valientes tesis. No faltará quien la entienda por el revés.

  2. No, nada de eso, ni le corresponde a don ja desmostrar nada, ni Sociata es quien para exigirle ese ejercicio, ni falta que hace, porque lo que sostiene el artículo es de sentido común y lo comprueba la experiencia de todos, menos de quienes –por lo que sea, por ejemplo, porque viven del silencio– no quieran entenderlo.

  3. Es usted un provador, y le admiro por eso, porque sé que no va de chulería, sino de mantenedor de la Verdad, o de la que cree la Verdad. No estaba yo aquí entonces, pero se me ocurre que si desde los corruptos de la democracia, que los hay en todos los cuarteles, no se saca el argumento es que faltan razones. Aparte de eso, no veo que jagm defienda en ningún momento lo que le endosa ese impertinente al que le deseo, no puedo callármelo, que con su pan se lo coma.

  4. Bien descrito el hecho, bien enfocado el tema: así fue la doble conspiraicónj entre «falangistas», capianeados enrtonces por Fraga y Solís, y opusdeístas, la gente de los Lópeces. No se trata de comparar –no tendría sentido, ni ganaríamos nada– sino de constatar hechos. Y es verdad: lo de los telares de Matesa, comparad con los pelotazos de hoy, parece una broma de aficionados.

  5. Una cosas es la corrupción actual y la de siempre, y otra esas prácticas como la de Vilá Reyes, un cabeza de turco, que son propias de todos los comerciantes y negociantes en general salvo contadísimas excepciones. Del marqués de Villaverde se decía que habría tenido relaciones con una empresa que importaba/exportaba sangre para uso hospitalario y que, denunciado el hecho, Franco le prohibió seguir. Del hermanísimo Nicolás sabemos que tivo que desterrarlo a Lisboa de embajador para que mangara lejos de El Pardo, y de su hermana la que parecía boba se sabe que fue pionera dando pelotazos urbanísticos en pleno Madrid. Que cada cual juzgue, pero sin olvidar los montantes. Hoy hablamos de miles de millones en cualquier pedanía. Entonces sí que era el chocolate del loro de una pajarera pobre como era España.

  6. Es justo hacer la Historia sin pasión. GM suele hacerlo así y hoy lo confirma en un tema difícil que ya sabemos que no será comprendido por los fanáticos. No importa, la Historia siempre conlleva ese riesgo.

  7. Aplastante. Los que pretenden lo contariop son gentes de partido, tontos útiles e incluso ambas cosas a la vez.

  8. Pues voy a discrepar yo también. No. La matesada no fue un pico sino muchos millones de pesetas. Se ve que en la Obra se les extravió el decálogo del Sinaí y el ‘no robarás’ -ahí están los banqueros Valls, el RuizMa y cía.- quedó oscurecido o invisible. ¿Se les dañaría el cerebro con aquellas terroríficas duchas frías matinales?

    Dudo que se pueda llamar cleptocracia al franquismo, como sí al felipismo, pero lo cierto es que comparado con lo que se manga hoy, aquello era simple malabarismo financiero. ¿Cómo comparar a un malabarista con un ingeniero? Sin duda en la familia Franco, tanto la cosanguínea como la otra más amplia de azules, tecnócratas y gilipuertas varios, los que andaban con miel se chupaban hasta los codos, pero desde luego había pocos loros comparado con ahora, tan ahitos de chocolate.

    (Fuera de contexto: hace un par de días, al cumplir con el precepto del cine semanal, al salir de la sala me topo en un cartelón con unas cejas circunflejas, una sonrisa boba y una expresión compleja de idiota con pintas. ¡Cielos!, ¿ha comenzado alguna campaña electoral y no me he enterado?, me dije. Luego ví que era la publicidad de «Las vacaciones de Mr. Bean» o algo por el estilo. No pude reprimir un recuerdo para la nochevieja en Doñana. Siente un patoso, digo, un pato a su mesa.)

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