A pocos habrá convencido el Vicepresidente fugado en su despedida del Congreso al extremar su habitual perorata con el inaudito anuncio de su querella contra un rival al que acusa –¡como si ésa no fuera una práctica generalizada que a todos los partidos afecta!– de la “compra” de voluntades políticas. Iglesias responde al tipo de “agitador burgués” (pequeñoburgués, desde luego) que el sabio José María Jover veía como contrapunto del “conspirador romántico”, un tipo encajado ante todo en el oportunismo populista (¿o conocían ustedes muchos casos de políticos apeados de un Gobierno para bregar en la infantería electoral?), un aventurero perito en el conflicto y ducho en discordias al que algún ironista ha fustigado en la ocasión trocándole el consabido “sí se puede” por el “no se pudo”.

Parece claro que la “espantá” de Iglesias se debe más a la conciencia del fracaso de su retrotopía que a una inverosímil inmolación personal, es decir, a su desconcierto ante el chasco y descalabro de la temeraria operación “mociones” con la que el sanchismo, con su trapisonda murciana, ha pretendido trastornar la realidad autonómica desde León a Andalucía pasando por Madrid. El anuncio de que altos cargos casi flamantes de su partido se apearán voluntarios del Gobierno para enfrascarse en la “batalla de Madrid” –esa obsesión de Sánchez– parece apuntar a la renuncia podemita a un poder en esta legislatura que tal vez consideran amortizada ya en el clima irrespirable de una crisis clamorosa.

El problema no afecta sólo a Iglesias y su corte, desde luego, sino que levanta una señal de alarma inquietante en un momento crucial de nuestra vida colectiva, cuando la amenaza separatista se reinventa ante la pasividad de las instituciones y la mala gestión de la pandemia actúa como un estopín en la traca de la ruina masiva que, o mucho se equivocan Bruselas y el Banco de España o, tras el verano, habrá de decir aquí estoy yo. O puede que, como el activismo ilusionista encaja tan malamente con la complejidad de la gestión práctica, la pandilla se haya aburrido pronto en sus despachos, empezando por el agitador principal.

El sanchismo es un error por la razón elemental de que gobernar con antisistemas constituye un insalvable  contrasentido, y es posible que el incidente de esta deserción en la cúspide no sea sino un indicio de su descomposición natural. Se enciende con facilidad un fuego de virutas pero no es fácil mantenerlo vivo, y estos chalados entretenidos con sus locos cacharros parecen estar comprobándolo ahora. Seguro que don Enrique Tierno no se sorprendería si anduviera aún por este barrio sin ley.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.