La promesa que ha sustituido a la tradicional jura del Gobierno ante el Rey nos ha deparado un espectáculo elocuente de la degradación política que vivimos tras el insólito gesto de su Presidente de abolir de un telefonazo la tradicional presentación del gabinete al Jefe del Estado. Junto a la abolición del compromiso de la jura, sustituido por el de la promesa en un supino volapié laicista, hemos tenido que oír varias absurdas voces ministeriales, en un alarde gramático desconyuntado, referirse al “Consejo de ministras”. Es verdad que, como a la fuerza ahorcan, un “radical simple” como el ministro de Comercio ha refrenado su lengua para llamar rey al Rey en lugar de referirse, como solía, al “ciudadano Borbón”, mientras el propio jefe de la partida templaba gaitas con su cansina fórmula “ministras y ministros”. La imagen de un Rey impávido –al que no hace tanto el único ministro prestigioso, el de Universidades, elogió públicamente sin reservas— ha salvado los muebles estéticos (e institucionales, por supuesto) en esta ceremonia simbólicamente desoladora.

¿Lo de la corbata? Bueno, lo del sincorbatismo de Iglesias no merece –por previsible—mayor atención teniendo en cuenta que su provocativa coleta rompía ya sin remedio la formalidad del acto, y justo es reconocer que, al menos, ha adecentado su figura con la chaqueta convencional. La corbata es un arma cargada de pasado, que ya parece que preocupó lo suyo no sólo al chusco barón de L’ Empecé (“el almidonado” o así) sino al mismísimo Balzac, por no hablar de la profunda “filosofía de las formas simbólicas”, como diría Cassirer, construida a su propósito entre Freud, Jung y Adler, y por no recordar las desmesuras fantásticas de Reich o Bettelheim, el del zapatito de Cenicienta, ¿recuerdan? Iglesias rechaza el símbolo fálico porque puede que crea, como Jung, que la vista de un hombre encorbatado remite sin remedio y automáticamente a los “arquetipos arcaicos”, entre los que anda en primer término la preocupación por la mujer propia…

¿Qué nos quedará por ver al paso que va la burra? Pienso que nada decoroso sino todo lo contrario. Nada devoto de lo rancio, entiendo que el valor y el papel de lo que en ciencias sociales se viene llamando “buenas maneras” son algo más que una guinda en la suculenta tarta que ya se reparten alegremente entre esos “asaltantes del cielo”. A este Rey va a corresponder la responsabilidad shakespeariana de soportar la impertinencia iconoclasta del Falstaff que se hacía el muerto en el campo de batalla. Lo constatamos con inquietud hasta los que no fuimos monárquicos por tradición.

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