La progresión del desconcierto a la que estamos asistiendo a medida que se alarga esta situación excepcional permite suponer que, cuando miremos atrás, todo tiempo pasado pueda parecernos mejor. Para empezar, ahí está el ridículo espectáculo de un Gobierno incapaz de controlar una elemental estadística de fallecidos en la pandemia en manos de un cristobita que, desde el tablado de la antigua farsa, nos desinforma día tras día manejando, como dice Ignacio Camacho, con un “lenguaje abstruso” una “contabilidad perversa” que sube y baja de manera inverosímil. ¿Cómo confiar en un Gobierno que demuestra su incapacidad de contar los muertos que a duras penas logró enterrar decorosamente o que ha logrado que la inmensa mayoría no sepa a estas alturas para qué sirven, si es que sirven, las famosas mascarillas con las que, por cierto, parece que algunos han adelantado ya su agosto?

La verdad es que poco cabía esperar de un Gobierno controlado por antisistemas y proetarras, cuyas tensiones internas dificultan la acción política tanto por los inevitables conflictos ideológicos como por las exigencias personalistas. ¿Cuándo se ha visto y oído en España disentir en público a los ministros, dar marcha atrás tantísimas veces al propio Presidente, cuándo a un juez exigir a la Guardia Civil que desobedeciera a una magistrada?

Podría haberse esperado cualquier cosa en esta España degradada –pero que crecía por encima del tres por ciento, no se olvide– menos ver eternizarse en las calles las colas de ciudadanos arruinados en demanda de alimentos o escuchar a dos miembros del Gobierno desprestigiar a bombo y platillo a dos de los sectores básicos de nuestra economía como la agricultura y el turismo. ¿Estamos o no estamos en la “casa de Tócame Roque”, con una gestión manga por hombro que un día exige la cuarentena a nuestros improbables turistas y al siguiente la suprime acorralada por los socios europeos, o que por razones inconfesables prima a regiones como la vasca frente a otras como la nuestra al tiempo que permite que un presidente inhabilitado por la Justicia haga en sus dominios catalanes de su capa un sayo?

Sólo una cosa parece obvia tras esta desconcertante experiencia: que el relevo de este Gobierno incongruente y lesivo es un prerrequisito de cualquier plan de reconstrucción nacional. Desde la Derecha o desde la Izquierda tendría que surgir la energía cívica precisa para echar de la democracia a este PSOE que ya no es el PSOE, y a esos rufianescos compinches sin otro objetivo que destruir la etapa de paz más larga que hemos conocido.

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