Los herederos de Humprey Bogart le han puesto pleito a Burberry por haber utilizado en su propaganda la imagen –inolvidable, ciertamente—de la despedida del héroe e Ingrid Bergman en un imaginario aeropuerto de Casablanca, imagen en la que ya me dirán quién no recuerda que Bogart aparecía enfundado en una trinchera Burberry. Creen los herederos que su derecho civil ha sido vulnerado por esta utilización de una imagen que incluye el rostro del personaje como gancho publicitario y, en consecuencia, que tienen derecho a percibir su parte en el botín que no deja de ser el derecho de autor cuando se pasa uno de la raya. Hace años, más de los que yo quisiera, tuve un roce con los Valle-Inclán por criticar en la revista “Triunfo” que las cuatro “Sonatas” de Valle no pudieran reeditarse completas por pertenecer cada una de ellos  a uno de sus no demasiado bien avenidos herederos. ¿De verdad tiene derecho un nieto o un bisnieto a cobrar porque se exhiba publicitariamente una imagen de Bogart luciendo la trinchera de Burberry, de verdad que Teddy Bautista lo tiene a infiltrar en una boda a unos inspectores disfrazados de comensales para cobrar los derechos de un viejo bolero?  Hombre, si les digo mi verdad, entiendo que un autor tiene el mismo derecho sobre su escrito que un inventor sobre su cerradura innovadora, pero qué duda cabe que reclamar dinero porque en una foto de propaganda el abuelete luzca una prenda del anunciante parece como más bien abusivo. Ninguna estrella le susurró jamás a un pianista negro eso de “Tócala otra vez, Sam”, y sin embargo el tópico se ha venido repitiendo durante decenios sin que nadie se percatara del camelo, que es, después de todo, lo lógico. Los Bogart supérstites, sin embargo, se han ido derechos al juez a exigirle su hereditaria prorrata. Si algún descendiente de los varios Tarzanes que ha habido en el cine se hubiera percatado del truco, hoy la desnudez, o mejor, el taparrabo, seguirían devengando sus derechos de autor.

Nadie discute la propiedad intelectual pero sí el hecho de que los herederos tengan una especie de derecho de pernada sobre la obra del antepasado hasta muchos decenios después de desaparecido al autor, y no digo nada sobre el derecho de una organización gremial a meter polizones en una boda para bichear la música ambiente y cobrarles un canon decidido pro ella misma. ¿Comporta derechos de autor el hecho de vestir una trinchera en una escena famosa? Bogart hubiera declinado la respuesta, el cigarrillo humeante en la boca, y la mascota encasquetada. Me pregunto por qué, entonces, sus nietos tienen derecho a trincar su alícuota sin comerlo ni beberlo.

2 Comentarios

  1. Ese es un pleito viejo, jefe, ¿a que a ustd no le disguataría que sus descendientes nada tuvieran que ver con su obra? Comprendeo que hay grados, pero entiendo que la propiedad intelectual se herede.

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