Años atrás, Argentina vivió una intensa polémica sobre lo que en lunfardo se conocían como “títulos truchos”. La polémica la desató el abuso de un fraude hasta entonces poco conocido como era el que permitía adquirir un título falso en un mercado de lo más asequible, es decir, más o menos como el que esta temporada está ocupando los telediarios a propósito de los afanados por relevantes políticos en una Universidad que viene bamboleándose desde que los novatores de la LOGSE nos impusieron su peculiar modernización. Una vergüenza insólita, por supuesto, pero, por lo que se ve, también una lacra probablemente generalizada hasta el delirio, al amparo de una crisis universitaria sin precedentes que propicia convertir en un negocio la expedición de acreditaciones profesionales. Nos ha salido evidentemente por la culata el tiro (de gracia) con el que se pretendía instalar sobre nuestro tradicional sistema educativo un modelo extraño de lo más amañado para nuestra inevitable picaresca.

La cultura del “máster” se ha generalizado hasta el punto de que hoy los conceden incluso las Diputaciones provinciales, muy lejos, por descontado, de los habituales en otras culturas. ¿No existía desde hace siglos la consabida jerarquía que eleva al bachiller al grado de doctor pasando por la licenciatura? ¿Y en qué iba a mejorar nuestra dotación intelectual esa novedad que es el “máster”? En nada, probablemente, pero es obvio que esa guinda ofrecía a muchos una suerte de escapatoria de los rigores del doctorado y, en definitiva, un florón más o menos gratuito que no tenía más remedio que terminar en los actuales abusos. ¿Cómo podría ser de otra forma en una cultura victimizada por la oferta de Wikipedia, en la que funciona impune el tráfico de “trabajos” académicos y en la que nadie se escandaliza de toparse con un ofertante que se hace llamar “El rincón del vago”? Cuando un político pillado “in fraganti” se defiende, como estamos viendo un día sí y otro no, exhibiendo para justificarse su propio “trabajo” académico, hasta el más ingenuo usuario de la internet tiene que sonreír condescendiente o escandalizado, según.
No es preciso compartir las extremadas razones con que se ha forzado al mismísimo presidente del Gobierno a que haga pública su más que dudosa tesis doctoral, pero sí la demanda de que se purgue el actual sistema de recompensas universitarias siquiera con un mínimo rigor. Porque el sólo hecho de que estas exigencias se planteen muestra el grado de desconfianza de una sociedad abrumada ya por tanto desorden y tanta corrupción. Y porque este mismo debate evidencia la inviabilidad de una mínima meritocracia en este país de fulleros. La picaresca tiene un pase mientras se afinca en la periferia del orden social. Instalada incluso en su centro neurálgico constituye un escándalo que ningún sistema medianamente ordenado puede soportar.

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