El Consejo Consultivo de Andalucía –esa cara institución no poco expletiva—ha rechazado la petición de la consejería de Educación que pretendía mantener el título de un alumno que lo había obtenido brillantemente pero sin asistir siquiera a clase. Se queda uno perplejo ante la extravagancia: ¿es preciso que ese alto organismo intervenga para corregir una cacicada tan grosera, cómo puede ampararla la propia consejería en lugar de impedirla? Todo cabe, desde luego, en un país presidido por un plagiario comprobado, con un sistema educativo en caída libre, y en el que el propio Gobierno auspicia la promoción automática de los alumnos suspensos, y, sin embargo, este ridículo negocio culmina un proceso degenerativo que prueba que todo lo malo puede empeorar.

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