Cuesta recordar un tiempo navideño tan amenazador como el que vivimos. Nunca habíamos encarado esta recta final y bonancible del año con tanta inquietud, y menos bajo el nubarrón de una crisis política y social que comprometiera tanto el fundamento mismo del sistema de libertades. En manos de aventureros y chiquilicuatres, nuestra democracia ha ido degradándose hasta caer en este polvorín desprevenido en que se ha convertido el sinvivir nacional. ¿Tiempo de paz? Esta vez no hay margen para la confianza de un pueblo que se pregunta cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo podríamos escapar de la trampa entre todos urdida. Nunca un logro tan serio como el conseguido tras la Dictadura estuvo en manos tan míseras ni el destino colectivo anduvo tan secuestrado por gente tan insignificante. Queda por ver si el pueblo desnortado se pliega pasivamente o si decide levantarse frente a esta incomprensible tragedia nacional.

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