Acaba de ver la luz un estudio realizado por un grupo de estudiosos de la universidad de Tel Aviv sobre la copia de autorretratos que dejó tras de sí el genio de Rembrandt, la mayor colección de la historia del arte, por lo visto, y que constituye, según los autores, toda una “autobiografía pictórica” en la que incluso han especulado con sus eventuales enfermedades (arteritis, rosácea, hipotiroidismo y el ‘mal del pintor’, el saturnismo)  y posible causa de su muerte. De vez en cuando hay quien se planta ante esos complejos ejercicios para bucear en ellos en busca de la personalidad del retratado por encima y por debajo de su estado de ánimo, obviamente errático desde la autocompasión o la soberbia hasta la timidez o el narcisismo. No conozco mejor reflexión sobre lo que el retrato, en general, representó y supone en la historia no sólo de la pintura sino, y sobre todo, en la de las mentalidades, que el breve pero admirable opúsculo de Galienne y Pierre Francastel, una obra que cifra el orto del género en el III Milenio y va siguiéndole el rastro a través de las vicisitudes de una evolución histórica que, sin duda, condiciona si no determina su sentido y hasta su manera. Los estudiosos de Rembrandt han concluido en esta ocasión que el maestro murió seguramente sumido en un estado melancólico así como que durante toda su vida arrastró una “depresión menor” que, ciertamente, no mermó su capacidad de trabajo ni, por lo que sabemos, sus ganas de vivir. Como hipótesis general no cabe duda de que el retrato –un género de origen mayestático si adoptamos la posición de Francastel– evoluciona paralelo a la personalidad humana de modo que será en el tiempo vivísimo en que el individuo surge y se impone en el conjunto social (y eso suele relacionarse con la presencia de la burguesía ciudadana) cuando, con las variantes que son bien conocidas, acabará alcanzando sus cotas más altas. Pero no cabe duda de que un retrato nobiliario precedió al propiamente burgués como un retratismo hierático había antecedido al nobiliario tal como lo conocemos en nuestro ámbito geohistórico. Un hombre que pinta a otro lo tiene literalmente en sus manos y si no recuerden el comentario del papa Inocencio –“Troppo vero!”– cuando vio el retrato velazqueño que guarda la Galería Doria Pamphili. Otro tema es cuando un hombre se retrata a sí mismo.
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Y es otro tema porque el autorretrato implica inevitablemente una íntima confesión con independencia de que lo confesado se ajuste de modo fiel a la autenticidad o haya sido, consciente o inconscientemente, alterado por el designio del autor. Rembrandt no pudo evitar dejar en sus rostros representados la huella leve de su malestar o el brillo de su contento, como el pobre Van Gog fue ennegreciendo sus múltiples retratos a medida que iba consumiéndose su castigada naturaleza, hasta romper en esos trazos negros (hay uno del estilo en el Belvedere de Viena que es escalofriante) con los que se castiga a sí mismo en su propia figura, en la que una pincelada roja en el lacrimal supone acaso un último resto de vida esperanzada. Hay grandeza y miseria encriptada en el retrato ajeno y, por supuesto, también en el autorretrato, como hay ternura o perfidia, lirismo o prosa dura en la manera de contarnos a brochazo limpio como era la persona retratada más allá de los convencionalismos. No se comprende, por ejemplo, como Carlos IV no ahorcó sin compasión a Goya cuando vio su retrato de familia en el que cada cara es un discurso cuando no es un sermón sobre la naturaleza humana, demasiado humana, de los encumbrados personajes. Y ello vale también para el retrato no figurativo, explorador por otras perspectivas de una misma realidad. Picasso decía más o menos que el arte es una mentira que nos acerca a la verdad. Supongo que Jacqueline o Dora Maar sabían bien de qué hablaba el genio.

2 Comentarios

  1. El Maestro no puede evitar aplicar su base filosociológica y sociofilosófica a estos temas en los que los más lerdos, nos quedamos mirando al dedo sin llegar a divisar la luna.

    Una mañana con tiempo salí a renovar el carné y topé con un retratista filósofo. Entre él y mi pareja dialogaron largo rato sobre lo que expresa una foto. Me hizo cuatro para elegir entre todos la que mejor me identificaba. Naturalmente, los dos eligieron la que me gustaba menos y me va a acompañar en la cartera diez años, si los sobrevivo. Llegamos a la Comisaría cinco minutos antes de cerrar.

    Dice Gala que el famoso retrato ecuestre de Carlos V lo hizo Tiziano con el emperador sentado en su litera y mejorando todo lo mejorable. Goya era un monstruo y el 95 por ciento de esa familia, cortitos de cacumen: se lo pusieron fácil. Lo del autorretrato lo están perfeccionando mucho en las cabinas del fotomatón.

    Ante el espejo, todos ponemos cara de espejo. Ante la duda, me instalo -y cuándo no- en la duda.

  2. De nuevo por estos mundos de Dios, perdonen las faltas. Magníficos comentarios ambos.Emocionantes, de pura verdad,de pura exactitud

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