Un humorista es ante todo un fino observador, un sujeto con pupila para ver la superficie pero, al mismo tiempo, para penetrar el inconsciente más escondido. Por eso el humor ha sido siempre un arma crítica que cuenta con la ventaja del informalismo y la libertad plena de que suele carecer la crítica sociológica. Mingote, por ejemplo. Pocos diagnósticos más radicales de España que sus diarias viñetas, en conjunto toda una galería de personajes clave de una sociedad cambiante y, por eso mismo, tan compleja. “¿Pero cuál es tu secreto último, el don que te inspira el chiste”, le preguntaba yo en una cena madrileña con que quiso agradecerme unas cuartillas de un libro-homenaje. Y él contestaba, con la media sonrisa del que se sabe de coronilla la respuesta: “Yo miro”. Eso era todo. Mingote miraba y nos hacía mirar el secreto de la oficina, el de la intimidad playera, el de la vida doméstica, el de los despachos oficiales, la vida en su conjunto como un gran mosaico del que cada día iba destacando una tesela. Recuerdo algunas memorables. Cuando las elecciones franquistas del famoso “tercio sindical”, la puerta de un colegio se entreabría para que un votante preguntara tímido: “¿Se puede?”, o un cartel divulgaba una agitprop demoledora: “Vote a Recesvinto, hombre, a usted qué más le da”. Si Chumi era la rebeldía corrosiva y Forges la voz de una generación sometida pero hipercrítica, si El Roto es psicología social cristalizada en estado puro, Mingote ha sido el ojo público de una vasta mayoría interclasista para la que sus suaves vitriolos funcionaban como una espita. “Yo miro”, nada más. El humorista es un vigía encaramado en la cofa de ese peleado bergantín que es la prensa. Bajo el franquismo yo creo que el humor fue –junto a la escasa resistencia de cierta izquierda—el gran quebradero de cabeza del régimen censor que veía en él, con razón, un incontrolable zapador bajo sus propios pies.

La sonrisa no se puede prohibir y Mingote lo sabía. Por eso quizá se ganó el respeto no sólo del ámbito conservador en el que se movió siempre, sino en el conjunto de una sociedad que supo apreciar su independencia y su rigor. Y yo creo que una antología de su extensa obra sería hoy el mejor retrato de lo que hemos vivido dos generaciones españolas y puede que la más afinada teoría sobre esa difícil convivencia. De su bondad esencial, de sus afables modales, deriva la multivalencia de un humor que lo ha criticado todo, a diestra y a siniestra, España en el corazón, y una melancólica ironía como único pertrecho. No me despido de él hoy, sino que sigo viéndolo, sabio y candoroso, empeñado en pagar aquellas inolvidables cenas.

8 Comentarios

  1. Una gran pérdida para todos, Mingote era de esos españoles sin enemigos, que ya es decir. Usted que lo conoció debe de saberlo mejor que yo.

  2. Buen retrato. Agradeceré siempre a ese hombre tanta sonrisa como me ha procurado y tantas cosas como me ha hecho ver con claridad.

  3. A mí nunca me gustó, reconozco sin embargo que tuvo grandes aciertos, como los que recoge la columna y muchos otros. Demasiado conservador, lo siento, para mi gusto. Pero creo que un buen hombre. Lon acredita la unamidad.

  4. Cuanto lo siento, y como lo recuerdo! Quien no recuerda a esas mujeres enormes y a sus hombres finos y de corbata, parejas siempre siniestras! Y es verdad que era, ademas de un magnifico dibujante, un gran corazon, generoso y equilibrado.
    Besos a todos

  5. Galones negros, querido, vamos cayendo como moscas. ¿Pero no nos vengamos abajo! Este momento exige esfuerzos para subir, no para dejarnos hundir. Mingote ha dibujado y hecho humor hasta el final. Gran destino, vida plena.

  6. Recuerdo de muy pequeño cómo me encantaba ver sus chistes y leer una pequeña seccioncilla en el abc de Sevilla llamada “Marginales”.
    Saludos

  7. Un monumento merece el mejor humorista del siglo pasado y lo que va del actual. Es verdad eso de que los humoristas son un instrumento de crítica política y social decisivo.

  8. Yo también me pongo el galón negro en la memoria. Han sido muchos años admirando su talento, al margen de ideologías, completamente ajeno a la mala leche de muchos humoristas.

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