Un juez de Aracena acaba de rematar con un auto expeditivo la larga instrucción seguida tras los graves sucesos ocurridos hace año y medio en Cortegana, cuando una masiva manifestación acosó a los vecinos de raza gitana con motivo de algún oscuro incidente. Hasta al alcalde ha imputado ese juez un delito contra los derechos fundamentales y las libertades públicas, acusando a otros quince vecinos de uno de provocación a la discriminación, al odio o a la violencia por motivos racistas. Ya veremos que sale del asunto, que no es sino uno más entre los mil que se producen por todas partes y cada vez más, porque es enteramente falsa la idea de que cierto progreso moral va desligando de la conciencia humana el odio hacia ‘el Otro’. Hemos visto demasiados casos en los últimos tiempos, incluso sin salir del mundillo del fútbol en el que se ha registrado desde la protesta del gobierno de Su Graciosa Majestad británica por la bronca racista ocurrida en el Bernabeu en el curso de un partido amistoso España-Inglaterra hasta la movilización diplomática ordenada en Argentina por el presidente Kirchner –el que se acaba de triplicar el sueldo— con motivo de la detención de un jugador patrio que insultó a un rival negro en Río, pasando por la incesante protesta de la Comisión Europea contra el Racismo. El Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, denunciaba hace bien poco el racismo en los estadios para los que solicitaba “tolerancia cero” y penas más graves, en vista de ocurrencias como las protagonizadas por Luis o Clemente, o los acosos masivos a jugadores como Eto’o o Roberto Carlos en Getafe, Zaragoza o Madrid. El racismo es una realidad innegable y probablemente universal. En España suele ilustrarse ese axioma antropológico preguntando aquello de a quién le gustaría que su hija se casara con un negro o que en el piso de al lado se instalara una familia gitana. Dos preguntas, seamos sinceros, que digan lo que digan las optimistas encuestas oficiales, siguen siendo entre nosotros de muy difícil respuesta para la inmensa mayoría.

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No llegará la sangre al río en Cortegana, ya lo verán, como no llegó en El Egido cuando el ‘pogrom’ famoso. A Luis le puso una multa ridícula la autoridad deportiva por insultar a un “negro de mierda” y a Clemente ni le riñeron siquiera cuando hizo algo por el estilo. Pero no nos engañemos: la lenidad de las autoridades ante el atentado racista se basa en el cimiento tan difuso como firme del racismo popular, en el hecho de que aquella inmensa mayoría es racista por más que, obligada por la etiqueta social, proteste lo contrario. ¿Se imaginan la reacción paya si en Cortegana los acosados hubieran sido ellos y los acosadores los gitanitos? Yo me la imagino divinamente, y no tengo la menor sombra de duda de que todo el peso de la ley hubiera caído sobre la minoría rebelde. Lo que deja en la más absoluta evidencia las ingenuas pretensiones del multiculturalismo imposible que predican los misioneros de la nueva era encaramados en el guindo de las correcciones políticas. Poca gente en España suscribiría el credo de esa iglesia americana que reprocha al Evangelio no haber incluido la discriminación racial, pero lo cierto y verdad es que el gentío circula por la vida con el capirote del ‘Ku-Kux-Klan’ encasquetado en el cerebro reptiliano. Nadie es racista entre nosotros, qué va, pero esperen a que llegue la ocasión del conflicto y luego hablamos. Nada diferente a lo que ocurre –esta misma semana—en Francia, a lo que viene ocurriendo en Alemania desde hace años. Acaso nada lo demuestre mejor –fuera de la experiencia cotidiana– que la prolijidad de nuestras bibliografías sobre el tema. D. Prache tituló su trabajo “Todos nacemos racistas” y puede que diera en el clavo. En Cortegana, al menos, un juez trata de aplicar la ley que todos proclaman pero que muy pocos acatan sinceramente en el santuario de su intimidad.

9 Comentarios

  1. ¡Ole, ole y ole! por este artículo tan esclarecedor de nuestros sentimientos como colectividad José Antonio. Estoy segura que hasta que en nuestras ciudades o pueblos no nos hemos cruzado frecuentemente con otros colores que no sea el rosadito de nuestra cara no nos hemos enfrentado de verdad a este problema.

    Hace tiempo, y aún a veces, cuando está a mi lado alguien de color marrón oscuro, le miro de rehojo por la curiosidad de saber más sobre su piel o sobre sus labios, porque desconozco mucho su físico. Estoy poco acostumbrada a verlos. Y lo hago de «rehojo» por NO PARECER RACISTA. Creo que no lo soy, pero como tú bien dices, ¿quién sabe?.

    Cuando estoy conmigo misma y pienso en eso, para probarme, imagino una novia totalmente marrón oscuro junto a mi hijo y teniendo pequeñines, preciosos seguramente, pero que no se parecerán en absoluto a ninguno de sus abuelos paternos, por aquello de que sus genes son mucho más fuertes (es curioso esto, ¿iremos hacia una raza superior en ésta?), y entonces pienso en la pena de perder nuestros antiguos semblantes, y también el orgullo de: «-se parece a su abuela-«, o «-tiene los ojos de su tío-«.

    Pero creo que esto es algo natural en nuestros sentimientos. Lo malo es no aceptarlo nunca.

    Y sobre lo que tú dices de Cortegana es diferente porque es el «racismo cultural» entre colectividades. Pero te has preguntado si al revés también lo hay. Yo creo que sí. Los gitanos, en general, siempre estan con la escopeta cargada con los payos, seguramente porque llevan en sus genes el maltrato de tanto tiempo, pero esto parece no tener fin.

  2. Discreta disquisición, valiente, más teniendo en cuenta la «naturaleza» de quien escribe, a quien no duelen prendas censurar en su tierra cuando procede. Dicen, sin embargo, que se queda corta la isntrucción y hasta que deja fuera a algunos racistas. Vamos a tener muchas como la de Cortegana, en el mejor de los casos, eso hay que tenerlo presente, si no se toman medidas. Frente a los racistas, frente a ciertas disfuncionalidades de cierta inmigración, ya saben. Dios nos ayude.

  3. Atelite debe de haber asustado al personal, de otra forma no me explico el silencio de hoy ante una reflexión y toma de postura como ésta. Esperemos, no obstante. Sería raro que este tema no inspirara a los habituales, doña Epi, don Griyo, el lejano Saint Germain, Mendozina…

  4. No me parece prudente valorar la instrucción que desconocemos. Lo que parece claro es que hay un juez al que no le ha temblado el pulso para imputar a un grupo de vecinos –con lo que ello conlleva en un pueblo pequeño– y hasta a su alcalde. Vaen cómo bien que mal las cosas de la Justicia funcionan. No como desearíamos ni tan lentamente, por supuesto, pero funcionan en muchos, la mayoría de los casos.

  5. ¿Quién me echa de menos en mi España lejana? Sepa ese amigo, y todos, que susrcibo una vez más la tesis de jagm. En mi país la mescolanza racial y nacional impide un racismo genérico, pero existe un proverbial racismo antijudío que ha escrito páginas trágicas. El racismo es casi siempre algo relativo, rara vez absoluto. Aparte de que como se insiste una y otra vez en este corralito y en otros, hay muchas clases de discriminación, empeznado por la consentida distinción por clases.

  6. Escuché en la radio a gómez marín y no se me ha olvidado: en Madrid la gente bien es muy racista pero se parte la cara por invitar al embajador yanqui (era un tiempo en que había un mbajador yanqui que era negro). Me dije: Qué gran verdad. Y luego me he acordado de eso cada vez que he ido encontrandome por ahí «racistas selectivos» (así se les llamó en esta página, en septiembre 2004). Sigo escuchñandole todavía, señor Marín, y siento que no se prodigue más porque para lo que dicen muchos de sus compañeros (otros no, cuidado), mejor no escuchar nada.

  7. Oigg, qué día. Toda una mañana y media tarde batallando con ineptos, desmotivados y torpes. Para hacer una gestión que les va a reportar unas pesetas –qué antigua la Epi- a sus señoritos, que no a ellos. Estoy hablando de telefonía móvil:¡tres horas y media para una nadería!

    Claro, ahora vuelvo a casa derrengada, el rímel corrido, mal comida y a disgusto. Pero no me acuesto sin echar mi cuarto a espadas.

    No juguemos con las palabras. “Payo” para el gitanito es sinónimo de tonto, pavisoso y memo. Igual que “gayyego” para los rioplatenses. Lo suyo era engañar al payo vendiéndole un borrico con las mataduras ocultas tras betún de lustrar el calzado. O venderle una prenda –vayan, vayan a cualquier mercadillo- más falsa que los euros de madera jurando que es buena. A mí me han intentado cien veces vender una cadenona, jurándome que era “colorao” del bueno. Se ve que mi cara va cantando lo gili que soy.

    Cortegana, Mancha Real y otras entidades menores. ¿Ese kukuxklan que dice el maestro, podría estar relacionado con la impunidad con que trapichean con droga, avasallan con sus coches caros, envenenan a la juventud con mierda, y otras cosillas por el estilo? Impunidad que les viene dada por la repetición hasta el límite de sus fechorías, porque ropones, picoletos, madera y cucarachas miran al techo y silban, y les sale de gratis mucho delito.

    ¿O es que en Cortegana, el acoso ha sido porque las criaturitas iban con mocos y las gitanas se ponen muy pesadas queriendo vender romero?

    Decía hace siglos una amiga mía: “yo no digo que todos los que van al Rocío son maricones, pero sí que todos los maricones van al Rocío”. No todos los gitanos venden basuco, pero todo el basuco lo venden los gitanos.

    Vivimos una época difícil, muy difícil. Pero para quienes no tenemos como mi don Páter un Dios a quien dirigirnos, resulta muy duro aquello de que quien esté libre que tire la primera piedra.

  8. Pepe Griyo
    Doce de la noche.
    Disculpen mi tardanza, pero soy el jubilado más ocupado y saturado que conozco y además la columna se publica tarde para mí. Cuando salgo de mi casa, casi nunca está colocada.

    Les cuento un sucedido vivido en primera persona. Juzguen:

    Estaba en un solar de Madrid paseando a mi perro y esperando pacientemente a que cumpliera sus obligaciones con la naturaleza cuando se acercó un gitanillo, cuya familia estaba acampada en el solar contiguo, con ganas de acariciarlo:

    -¿Muerde? – me preguntó.
    -No.
    -¿A los gitanos tampoco? – Se aseguró desconfiado.
    – No hijo. Mi perro es buena gente.

  9. He conocido gitanos buenos, malos y regulares. Nunca he rehuido el trato con ellos pero sus peculiaridades culturales no son para compartirlas.
    También hay que observar que los gitanos se van integrando poco a poco, y hay que ayudarlos, con gran preocupación de sus ideólogos étnicos que no ven con buenos ojos se disuelve su cultura.
    Observen que, ya hace años, no hay gitanos mendicantes.
    Lo que ocurre es que su cultura tiene poco aprovechable desde nuestro punto de vista. Su ética solo es valida para con ellos y eso no me convence nada, pero nada tengo en contra de que gitanos integrados vivan en mi casa (en sus pisos) pero no me gustaría nada la vecindad de los no integrados.

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