La reacción de la clase política ante el rechazo de la ciudadanía está girando alrededor de un viejo y, probablemente, inútil concepto, el de “transparencia”. En España se insiste en que ese techo de cristal se va a instalar desde la última pedanía al palacio de la Zarzuela, de manera que la gente tenga presente, siquiera a vista de pájaro, el trajín económico de todo ese vasto gremio. También en Francia –forzadas las cosas por el enredo del ministro de Presupuesto y sus cuentas suizas– se ocupará la Asamblea Nacional de vidriar esos techos pero no sin el propio presidente de la Asamblea se haya despachado a gusto, previniendo contra “toda iniciativa que pueda favorecer el populismo”, en términos que no dejan lugar a dudas: las declaraciones de patrimonios serán “perfectamente ineficaces para prevenir el fraude”, no debe confundirse “el control de la probidad de los parlamentarios con la intrusión en sus vidas privadas” y, en fin, “la transparencia absoluta es un mito” que no restaurará la confianza rota sino que podría contribuir a debilitar la legitimidad de los electos”. Tremendo, el señor Presidente, pero peor, si me apuran, la actitud de la dama encargada de la deontología parlamentaria, convencida de que hoy no es necesario ya probar un conflicto sino que la mentira misma se erigirá en incumplimiento: “La transparencia no es, probablemente, deseable”, sugiere. Como para fiarse de los buenos propósitos.

Poca confianza merecen desde luego, estos ensayos de control mil veces propuestos, como se ve, desde el escepticismo más granado. No se los creen ni ellos porque parten de la obviedad de que cualquier declaración de patrimonio la adecenta en un pis pas hasta un mal abogado y también porque saben que el número de las trampas –como el de los tontos que señala la apócrifa paremia bíblica que aún resuena en el Quijote– es infinito. La “clase” se opone al techo de cristal bajo el que la vida pública sería, sin duda posible, otra muy diferente a la actual. “La transparencia, Dios la transparencia” se desgañitaba Juan Ramón hace mucho en un poema memorable que hoy nos hace sonreír si pensamos en la que está cayendo. Los franceses declaran las actividades profesionales, el patrimonio y los intereses, y ya ven: ni el presidente de la Asamblea traga. Estos días precisamente viven sobre ascuas porque el ministro de Presupuesto ha resultado un mangante una vez violada su intimidad.

4 Comentarios

  1. Todos esos son trucos dilatorios que emplean los partidos, todos, para evitar el control de sus cuentas.

  2. La transparencia es un camelo como el pacto antitransfuguista. Cada partido quiere todo el poder y toda la libertad que le niega al enemigo, y no recuerdo un caso de uno de ellos que haya respetado las reglas del juego. Ni con ley de financiación ni sin ella.

  3. El asunto del ministro francés al menos ha provocado una auténtica crisis institucional y poco menos que se ha cargado al presidente Hollande. Lo malo de aquí es que no ocurre nada ni con el Gürtel, ni con los ERE, ni con los sindicatos participantes ni con nadie. La crisis de la democracia se llama partitocracia y la clave de ésta reside en la rapacidad de la clase política.

  4. Don Pangloss lo que creo yo es que aquí somos más hipócritas y allá son ustedes más burros, o más cínicos. La verdad no sé que escojer.
    Un besos a todos.

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