Siempre estuve convencido de que el tópico vigente sobre el “habla” andaluza, tan antiguo desde luego, cuajó definitivamente en el crisol de nuestro cine de postguerra, cuyo emblema bien podría ser aquel tipo simpático y absurdo que fue Miguel Ligero. Cierto que también contribuyó lo suyo durante demasiados años a tan lamentable imagen el, por lo demás excelente, “doblaje” cinematográfico en el que los personajes andaluces chapurreaban, toscamente y por sistema, un desastrado modelo que se debatía entre el caló canastero y el ceceo generalizado, hasta acabar imponiendo una propuesta oral que se ajustaba admirablemente como un eco a la insolvencia personal que declaraban versiones tan maliciosas como aquella con la que en su día nos injurió el ex-honorable Pujol.
Cierto es, por otra parte, que no han dejado de contribuir a ese lamentable proceso las “defensas” espontáneas que nuestra legítima “habla” recibe, con tanta frecuencia como inoportunidad, de personas sin mejor título para ello. Escuchen, por ejemplo, a la ministra de Hacienda –que será lo que sea menos serena y elegante– asegurar a un congresista rival que los andaluces “llevamos a gala en nuestro diálogo coloquial” insertar en nuestro fraseo vocativos tan corraleros como “chiqui (éste es el que ella emplea para contestar a las periodistas), mi arma, corazón y cariño”, pronunciado todo ello, a ser posible, con la fonética más desmadejada, en un alarde oratorio que habría avergonzado, a buen seguro, a Boyer o Solchaga, por no traer a colación más que a sus conmilitones en el cargo.
Y lo malo es que, desde las instituciones autonómicas, le reirán la gracia seguramente –debido a la “omertá” que rige a rajatabla en el ambiente sociopolítico andaluz– en lugar de salirle al paso con alguna reprimenda siquiera venial, porque está visto que en esta España de los contrastes agudos nos debatimos entre los rigores de la tiranía lingüística y el abandono más lamentable. Nuestra maltrecha oralidad debe a estas ridículas exhibiciones buena parte de su postración –desde ahora reflejada, sin duda con dificultades ortográficas, en el Diario de Sesiones— y contra la que vienen debatiéndose sin el éxito que merecen las voces acreditadas de mis admirados colegas de Academia los profesores Narbona y Vaz de Soto. Dicho sea todo, por supuesto, sin otro norte que la defensa de ese legítimo acento nuestro fraguado en el crematorio de los siglos, y con la presumible anuencia de la ministra y de “Chiqui”.

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