Bernard Dubant, etnólogo con un pie en la soteriología, puso al frente de su obra sobre los sioux y el mítico Sitting Bull una bella parrafada del jefe shawnee, Tecumseh, ante el gobernador Harrison y, a renglón seguido, la réplica del poncio. Decía solemnemente Tecumseh que “hubo una vez una raza feliz”  y que la única vía para enmendar el robo del hombre blanco consistía en que todos los hombres rojos se reunieran para reclamar un derecho igual y común a la tierra. “¿Por qué no venden el aire, las montañas y el gran océano, al igual que la tierra?”, se preguntaba el Gran Jefe. El hombre blanco le contestó con un argumento rapaz disfrazado de ilustrado: “¿Debe volver una de las más bellas partes del mundo a su estado natural como guarida de algunos miserables salvajes, cuando parece destinada a ser el centro de la verdadera religión?”. Ese pleito no había otra forma de liquidarlo que con un arma nueva y fue la ametralladora la que lograría el objetivo. Pero ahora mismo, en las colonias indias (se dice, creo, amerindias) continúa, ya más tenuemente, ese viejo conflicto que se llevó por delante al general Custer y a Jerónimo pero que, aún sin tambores de guerra, no deja de plantear en la actualidad problemas como el que esta temporada enfrenta a los indios chochones, con perdón, con los arapajous, las dos tribus que comparten la reserva de Wyoming, opuestos los primeros a permitir que los segundos, que son mucho más numerosos, atrapen ejemplares de pigargos (esas águilas de cabeza blanca que son el emblema de los EEUU) imprescindibles para sus rituales litúrgicos. Los sioux, por su parte, se lamentan desde hace mucho por la extinción de sus bisontes, ese animal de barba larga que no es otra cosa que el emblema del sol y la suprema protección con que cuenta su tribu, mientras que el hombre blanco sublima cinematográficamente divulgando la insidia de que Sitting Bull no participó en la batalla de Littel Big Horn sino que se habría limitado a recitar un conjuro en un paraje alejado del jaleo. Por desgracia, no podemos contar con el testimonio de Custer ni de ninguno de los suyos.

 

Parece que ese pleito acabará ante el Tribunal Supremo dada la cerrazón de ambas partes, como ya advirtiera la profecía a Sitting Bull al pronosticarle que, después de su muerte, el águila reinaría sobre todas aquellas tierras, cosa fácil de comprobar con sólo echarle una mirada al reverso del dólar. Las culturas se extinguen sólo raras veces. En USA, hoy mismo, Obama mantiene un asesor para que lo oriente en pleitos como el referido, que no es cosa de desperdiciar ni un voto. “Hubo una vez una raza feliz”. Hay camelos que perduran eternamente.

5 Comentarios

  1. Ese sí que fue un genocidio, don gm, y sin emabrgo nadie hab reclamado nunca salvo los genocidiados. Bonita noticia. Ese “hubo una vez una raza feliz”, tan míticamente común, de una idea de la ingenuidad de las minorías.

  2. El genocidio USA no es distinto de que han perpetrado otras imperios. Otra cosa la cita de ese Gobernador racista ante el que la ingenuidad de los “salvajes” de poco les podría valer.

  3. A mí me ha interesado, sobre todo, la conlcusión final sobre la continuidad y perpetuación de las culturas. Los yanquis dan por resuelto un problema que sólo estará de verdad listo cuando ya no quede en “reserva” ni una brizna de la memoria tribal.

  4. Epílogo de una historia feroz. rfiero soñar con las viejas películas en las que, alguna vez, no triunfaba el Séptimo de Caballería sino el “buen salvaje”.

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