La lectura no tiene por qué ser un presuntuoso indicador de prestigio. Tampoco una actividad extirpada de la vida social. Un país que no lee es, sencillamente, un  país inculto, y de eso se derivan, aunque haya quien no lo crea, consecuencias socioeconómicas mucho peores. Y en España no se lee, ni se ha leído nunca. En el XIX funcionaron incluso clubs de lectura, promovidos casi siempre por el populismo progresista, pero las propias tiradas de los libros –tres mil ejemplares cuando yo empezaba, es decir, igual que hoy—demuestran que la instrucción por el libro no fue nunca un proyecto español. Hay “best seller”, por supuesto, generalmente en el ámbito de lo que la sociología americana llama la “mass-cult”, lo que se compensa por el desdén generalizado de los clásicos, incluidos los modernos. Nuestro sistema educativo tiene gran parte de culpa en ello al atiborrar a los párvulos y medianos con “tareas” de lectura bien poco atractivas. Total, que aquí no lee casi nadie. El Informe de la OCDE nos sitúa a la cola de los 23 países desarrollados en conocimiento matemático y en penúltimo lugar en comprensión de textos, desastre que el PSOE se ha apresurado a atribuir a Franco –y no a Rajoy y los suyos por estricta razón cronológica—mientras que el PP la ha atribuido a la política educativa del PSOE. Estas estadísticas sirven para iluminar lo obvio, que por lo general suele estar olvidado, pero una vez iluminado el panorama no deja resquicio a la justificación de la burricie. ¿Será verdad que más de un 80 por ciento de los universitarios no han leído el Quijote ni la Biblia? Porque de ser eso cierto hay que suponer que entre los adolescentes y los adultos la cifra debe ser aún más redonda. ¿Y qué?, replica el peatón. Pues nada, hombre, que seguiremos enviando emigrantes a Alemania mientras los sedentarios se quedan varados aquí, en la inopia.

 

Una lástima asumida. Juan Ramón dedicaba sus versos “A la minoría, siempre”; Stendhal su “Rojo y Negro” a “To the happy few” (a la dichosa minoría); el propio Shakespeare su “Enrique V” escribió: “We few, we happy few…”, (nosotros, el pequeño número de los dichoso). El corro en torno al aedo queda lejos y primitivo, el lector atento carece de tiempo entre las prisas. Y, en fin de cuentas, España no lee porque no ha leído nunca ni los anuncios. Henos aquí, repantingados en la penúltima posición. ¡Que lean otros! No me parece justo culpar de eso a Franco ni al PSOE.

7 Comentarios

  1. So lo que dicen que leen, no leen, poco podemos fiarnos de estas encuestas. Leer, como dice jagm, es un indicador de prestigio para algunos, muchos, pero la realidad la canta la limitación de las ediciones, por no hablar de la burricie en bruto.

  2. Nos las vemos y nos las deseamos para que nuestros alumnos estudien. Pero también, es la verdad, señores, en el propio claustro. Se lee poquísimo, casi nada, aparte de los periódicos. La moda de los mamotretos «mass cult» es otro cantar.

  3. Lo de los libros de masa es una cuestión de comunicación social, no de lectura, para aprender y reflexionar. Hay libros de los cuales hay que hablar porque todos hablan de ellos aunque solo sea porque han leído el resumen en una revista. Si no todo el mundo opinando y tú sin abrir el pico.
    En Francia los resultados de este informe son también catastróficos y parece que el profesorado empieza a hacerse preguntas. …Ya era hora.
    Besos a todos.

  4. La lectura es un ejercicio costoso, nada de entretenimiento, salvo excepciones y circunstancias. En España se lee menos: lo demuestra que se «comprende» menos el texto, según los informes internacionales. Miren ustedes a la cara de muchos de nuestros políticos/as y díganme, con sinceridad, si la tienen de lectores afanosos o más bien todo lo contrario. ¿Alguien se figura a ese personal con un libro en las manos?

  5. La lectura no es el único medio de adquirir el saber. No lee el mecánico, ni la mayoría de los médicos, ni la mayoría de la gente de la calle y sin embargo sabe sus cosas, tiene su criterio tan válido como el de usted, que es tan leído y escribido. Al final para lo que vale, muchas veces, el libro es para que se luzcan gente como ese Epi habitual en esta página por no hablar del propio autor, tan pedante y presumido.

  6. Creo que a los antiguos bachilleres no se les ponía «el deber» de leer tal o cual obra. Pero sí recuerdo mi libro de Lit. Universal de 6º en que al menos la mitad del tocho eran páginas y pàginas de obras universales. Quedaba uno con la miel en los labios y buscaba la biblioteca gratuita en que encontrar el volumen y jalárselo en ratos libres.

    También hay que reconocer que, dada la cuasi universal indigencia estudiantil, la lectura era, además, una hermosa distracción.

    Que sí, tío, que entonces estudiaba la minoría riquita, vale, pero servidor al menos gozó casi toda la vida de becas del PIO –¿tienes hemeroteca a mano, chato?– y mi hogar era de clase media baja baja sin padre afecto al régimen. Gracias por leerme de forma habitual. ¡Pecadorr!

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