Un senado elegido por el propio Colegio de Arquitectos sevillano acaba de hacer un llamamiento reclamando el retorno a “un cierto clasicismo”. Se quejan los senadores de las tendencias actuales en las que ven “un modelo de arquitectura que sólo busca hacer negocio y que, en realidad nos conduce a la ruina”, teoría que exponen como colofón a sus críticas abiertas a las novedades que esta temporada se andan materializando en la capital andaluza, y en especial a un célebre mamarracho, económicamente prohibitivo, que se construye más que nada por una cuestión de redaños en la que ha implicado los suyos el señor alcalde. Ante todo me ha llamado la atención el discreto calificativo –ese “cierto” relativizador—con que atenúan su demanda, aunque el propio recurso al concepto de “clasicismo” no deje de resultar tan elocuente como discutible. Por supuesto que este incidente no es sino uno más en la inacabable polémica entre “clásicos” y “modernos”, porque a lo que se refieren esos maestros es a esos cánones intemporales cada día más desplazados por el prurito vanguardista. Vieja polémica entrillada entre la pulla de Duchamp sobre los peligros del “buen gusto” y la advertencia de Apollinaire de que vamos (y ya ha llovido desde que lo dijo) hacia un arte tan nuevo que acabará siendo respecto al clásico lo que la pintura es a la literatura. Relean a Horacio cuando compara la estimativa del irrealismo a los “sueños de un enfermo” (Ad Pisones, II, 3) y describe el esperpento que supondría algo tan actual como unir una cabeza humana a un cuello de caballo, para comprender que esta polémica no la han inventado los marchantes ni los divinos de la Bienal veneciana. No iba muy descaminado Lobstein cuando vaticinaba que el arte acabaría desembocando en la publicidad.

 

Ya sabemos que esa batalla está semiperdida de antemano frente a la evolución de un gusto público que siempre fue marcado por el privado de los creadores.  El producto del arte acaba en mercancía en una lonja en la que, encima, a una clientela sin alternativa le es forzoso consumir la oferta disponible. Y por eso precisamente llama la atención una llamada al criterio “clásico” aunque sea templada por ese adjetivo componedor, que hacen unos profesionales no sin cierto acento apocalíptico que tiene todas las papeletas para perder este nuevo pulso. Siempre que revisito el palacete de la Guggenheim en Venecia recuerdo que Max Jacob, cuando era su novio, sostenía que el arte es un juego en el que es vano intento tratar de introducir la idea de deber. ¡Un cierto clasicismo! Me temo que estos médicos del alma no verán revivir al desahuciado ni lograrán cobrar su minuta.

6 Comentarios

  1. Un tema recurrente en esta columna, cosa que algunos agradecemos al autor. En arquitectura estas modas dementes son mucho más graves que en otras artes, por la sencilla razón de que sus resultados los padecen los ciudadanos, y por esa razón que hayan reaccionado un grupo de arquitectos notables ante tanto abuso debería ser aplaudido por todos.

  2. A no dejar de lado que en el caso de los redaños de un alcalde, este deja la huella de su megalomanía -creo que hablamos sobre lo mismo- a costa del bolsillo del contribuyente. Poca diferencia con los faraones o los catedraleros que lo hacían, bien con la sangre y la vida de sus esclavos, bien con los diezmos y primicias de quienes pretendían con ello ganar, repito, ganar de ganancias, de botines, je je, la vida eterna. Amén.

  3. Reacciones semejantes serían muy beneficiosas para nuestra arquitectura, hoy por hoy en manos de la “ultramodernidad” inexplicada e inexplicable. Esos “senadores” disconformes deben de andar ya muy instalados y por eso mismo muy libres, porque me temo que entre las jóvenes generaciones pocos profesionales de ese gremio tendrían la ocurrencia de pedir lo que ellos piden.

  4. Padre de dos arquitectios, a mí también me llama la atención, como a jagm, ese “cierto” que los señores reclamantes anteponen a “clasicismo”, que por cierto también es expresión necesitada de concreción. Supongo que no piden que se construya hoy con los cánones de Herrera o Covarrubias sino que se dejen de hacer esas exhibiciones de rareza que son los edificios inclinados (y no me hable de Pisa porque aquello tenía otro fundamento) y demás novedades sin más razón que el de su propia rareza. Creo que es inútil este debate. También han sido discutidos en su día el románico o el gótico, y el tiempo ha demostrado que todo se va ajustando en un mosaico estético poco a poco.

  5. No conseguirán gran cosa esos “senadores”, ya lo verás, ja. La arquitectura no es que acabe en la publicidad, como citas, sino que funciona como publicidad de sus artífices, los cuales buscan su notoriedad por encima de todo. Acabamos de vivir aquí la reconstrucción de una gran urbe (recuerda cuando contemplábamos el panorama de grúas en el Berlín Este) y hemos visto lo suficiente como para tener poca esperanza. Nada distinto a lo que ocurre en puntura o escultura: el mismo móvil de rabiosa autopublicidad. En cuanto a lo que dice Saray, le prefunto, ¿ha visto bien Sanghay, conoce esa “shadow line” de cerca”, es consciente de lo que esconde?

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