Siempre fue así, o casi siempre: los “pactos de progreso” o se han pagado a precio de oro o han acabado como el rosario de la aurora. Ahí tienen la trifulca de Aljaraque, con el alcalde rompiendo la vajilla en la cabeza del socio y viceversa. Son recelos, incluso odios antiguos, una suerte de incompatibilidad congénita entre sociatas y comunistas que viene dando tumbos –aunque muchos de ellos no lo sepan—desde los orígenes de la competición. En Aljaraque pueden salir a palos del camarote del que entre los dos echaron al PP mayoritario. Nada nuevo, pero un ejemplo pésimo que echa por tierra, una vez más, la leyenda de esos pactos “progresistas”.

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