La comparecencia en el Parlamento del consejero de Agricultura, Pérez Saldaña, el mismo que se compró su propio coche oficial, ha servido para dejar clara una deplorable evidencia: la incapacidad absoluta de nueva parte de la clase política y su completa falta de sensibilidad para entender, cuando menos, la diferencia entre lo público y lo privado. Saldaña no se arrepiente, al contrario se queja, porque no logra ver en su cambalache –comprar el lujoso coche de la consejería sin pasar siquiera por el concesionario—ninguna acción reprobable ni la menor impropiedad política. Lo cual puede que se deba, en alguna medida, a la condición advenediza de algunos hombres públicos, pero en definitiva y en general, no es más que el efecto que ha de producir en la mentalidad de quienes gestionan de manera omnímoda un “régimen” ese sentido patrimonial que tanto daño ha hecho a la democracia. Saldaña, que ha pasado del cero al infinito o poco menos, no alcanza a ver por qué no puede comprar su propio coche oficial. Ni siquiera el sopapo que le ha dado Chaves ha conseguido abrirle los ojos. 

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