Parece ser que el horizonte se anubla esta temporada con numerosas señales anunciadoras de una nueva crisis. Lo anuncian y repiten los expertos un día sí y otro también, repitiendo el gesto del astrólogo antiguo que inexorablemente vislumbraba en la cola del cometa nuevas calamidades y quebrantos para la Humanidad, aunque hasta muy tarde esos visionarios –perdidos entre afelios y periastros– no descubrieron que semejantes  “performances” de la Madre Naturaleza podían, como los terremotos, repetirse en fecha predecible. El de Halley, que no hace tanto tiempo nos mantuvo, una vez más, atentos en las azoteas, es famoso desde siglos antes de Cristo y bromista desde que fue capaz de iluminar la noche en que nació Mark Twain y repetir sus luminarias en la de su muerte. Pero nadie en su sano juicio teme hoy a ese viajero desde que sabemos que, fiel a su órbita celestial, volverá puntual a nuestro cielo al cabo de tres cuartos de siglo. El sino no es ya un enigma descifrable en claves místicas, sino un simple problema perteneciente al cálculo de probabilidades que las computadoras nictálopes escrutan en la nebulosa de sus “big data”.

 

¿Pero hemos de creer en la agorería de esos contables o sería más saludable socialmente matener sus profecías  en una discreta cuarentena? No lo sé, pero cuaquiera sí que sabe que los mismos pronosticadores dudan y se contradicen entre ellos, tan atrapados en la disyuntiva de si realmente la vieja crisis ya pasó y  las nuevas alarmas no son sino el rastro de sus últimos coletazos, o si, en realidad, anuncian ya una catástrofe distinta. Saber, lo que se dice saber, los augures saben que la deuda crece, que el consumo mengua, que el mercado no es ya la lonja previsible y local sino un ámbito recóndito en el que se funden sin remedio en un magma global el metal de las monedas y la garantía de los valores. Porque sabemos, en efecto que la crisis vivida arruinó a muchos, que liquidó sectores históricos, que ha partido por el eje a las clases medias –ese invento romántico que lubricó el conflicto social durante dos siglos– o que ha consolidado el hallazgo neoliberal del enriquecimiento a costa de la basura salarial. Vamos, que hay ahora muchos más millonarios que antes, en paralelo con el desmesurado crecimiento del lumpen y el dramático fracaso de la clase media, prueba manifiesta de que la crisis ha dado de sí justo todo lo contrario previsto por las utopías difuntas o convalecientes.

 

Total, que nadie sabe con certeza el alcance del reto robótico ni la virtualidad del trile que esconde la criptomoneda bajo el engañoso cubilete, por más que no haya quien no esté convencido de vivir bajo el volcán de la geopolítica, la incógnita del reajuste poblacional y la miseria rampante de la inmoralidad colectiva. Malthus o Marx no concederían hoy entrevistas. Es lo único positivo que conlleva vivir –valga la contradicción conceptual– inmersos en una crisis defintiva.

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