Hay, por lo que se ve, personajes que viven varias vidas en una pero que son recordados sólo por una de ellas. Parece como si no hubiera modo de hacer un balance total en el que incluir lo bueno y lo malo, razón por la que la Historia puede ser tan simplificadora y tan injusta, tan maniquea. Carrillo, por ejemplo. Algunos que hemos conocido a Carrillo de cerca sabemos que nunca dejó de ser un personaje poliédrico. El hombre que, entre su padre y Stalin, eligió a Stalin no merece mucho elogio. El que –con la edad que ustedes quieran, da igual—creyó que una solución justificada por las circunstancias era liquidar a la “quinta columna” en Paracuellos, fue un asesino sin duda. El que quitó de en medio a los discrepantes, en algunos casos, tan tristemente, o el que decidió liquidar el maquis enviándoles al ejecutor, un criminal sin escrúpulos. El que obligó a irse de la organización –como a Semprún, como a Claudín—, un autócrata que no toleraba la diferencia de criterio. Carrillo tuvo, además, muchas vidas, en Rumanía, en Corea, en la URSS, en París…, mientras que el partido real, el de los militantes en el interior, no tenía donde guarecerse: un superviviente con enorme olfato político. Ah, pero ¿y el hombre que allá en los 60 proponía la reconciliación, el que supo dramatizar admirablemente su propia leyenda, el que importó desde el exilio la decisión de renunciar a lo que fuera – a la “dictadura del proletariado”, a la bandera republicana, a tantas cosas– con tal de salir del franquismo y propiciar una democracia, aunque sin abandonar nunca el ejercicio del “centralismo democrático”, el que desarboló el movimiento universitario o el vecinal, y en buena medida también el obrero, en busca de la credibilidad que se le negaba? Ése también cuenta, y hay que decir que un dirigente político (“revolucionario” entonces”) tuvo que ver muy clara la difícil salida para hacer posible una Transición que ni el Rey con Suárez hubieran logrado sin su concurso. En el lavadero que la Historia hasta la sangre de las manos se borra.

No hay hombres unidimensionales, personalidades diamantinas, sino seres complejos con sus solazos y sus nubarrones. Carrillo, desde luego ha sido una personalidad difícilmente resumibles desde la ética e, incluso, desde la política. Sin una noticia cierta de él no se entendería el éxito de los años 70 ni la perversidad de la guerra civil. Pero ni lo uno ni lo otro, ojo. Ser justos es lo único que nos queda.

4 Comentarios

  1. Hay cosas que no hay más remedio que aceptar. Me figuro que a jagm le habrá costado trabajo dejar correr la pluma y lo veo pasándolas incómodas para decir la Verdad aunque sea en dosis mínima. Carrillo fuer un gran personaje en la Transición y perdió, deshizo al partido que había sufrido aquí mientras él vivía por ahí. Pero tiene su páginas negra. Si jagm lo hubiera ocultado, yo no hubiera vuelto por el blog

  2. ¡Y pensar que muchos gritábamos –tú también– “Se siente, se siente, Carrillo está presente”! La vida no es fácil y nunca lineal: salvo para los necios. El retrato que haces “al natural” me parece valiente y justo, equilibrado. Era difícil…

  3. Todo pasa, nada permanece: Heráclito llevaba razón. Carrillo lo fue todo en su parcela, hizo todo lo que aquí se consigna y mucho más, facilitó astutamente la Transición quizá creyendo que se convertiría en el Arbitro del nuevp régimen, y acabó encenizando platós. Ha habido muchos Carrillos. ëste no ha sido más que uno más.

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