No parece tener fin la movida ultrafeminista que pretende transformar la vida en el planeta sin reparar siquiera en esas acrobacias ontológicas que han dado al traste con las viejas certezas a favor de una “diversidad que se refleja casi infinita en el caleidoscopio elaborado por el radicalismo calenturiento de la ocurrencia LGTB. Se acabó lo de hombres y mujeres, machos y hembras: en adelante ese par primordial se refleja irisado en el arcoiris inclusivo en que vivaquean gays y lesbianas, trans y binarios, cisgéneros y bisexuales, asexuados y queers, coronados por un signo + que augura solemnemente el futuro de la indeterminación.

La cosa no tendría mayor alcance si la novedad se agotara en ese obsesivo ejercicio taxonómico, pero su progresiva colonización de los poderes públicos la ha convertido en un tema capital de la política. Una amazona denunciaba hace poco “la ausencia de educación sexual en los juristas” y la ministra de Igualdad pretende tipificar como un delito de violación o “de género” lo que llama “miradas lascivas”. Pero nada de eso es comparable, a mi entender, con la idea de esa consejera andaluza de invertir el dinero público en la búsqueda “científica” de un arquetipo de “hombre nuevo” calificado por su “masculinidad igualitaria”.

¡Un hombre nuevo! ¿Sabrá esa minerva que ese concepto de raíz paulina ha sido, a lo largo del tiempo, un objetivo básico que emigró desde el primitivo trasfondo religioso a todas las utopías laicas? En el marxismo, entre los mussolinianos, en la mentalidad nazi incluso, la idea de forjar un “hombre nuevo” fue siempre una constante, que el propio Marcuse revitalizó en los 60, pero que antes fue proyectada por Jünger (el admirado por Hitler) o procurada por el Ché que hasta escribió su libro sobre el asunto. Al viejo sueño de Alano de Lille (s. XII) fueron poniéndoles sus respectivas codas desde Hobbes a Ceaucescu (el huésped y mentor de Carrillo) y hasta los pintamonas de la “New Age”, ya ven.

Puede que llegue un día en el que ni sepamos lo que somos, como aquella Aelia Laelia que, en su epitafio boloñés, se definía con entusiasmo en la confusión: “Nec vir, nec mulier, nec andrógina…”: no soy ni hombre ni mujer, ni hermafrodita ni moza, ni vieja ni ramera, ni púdica, sino todo al mismo tiempo”. Entre el caos y el panteísmo, cabalgando la contradicción, asistimos perplejos a un tiempo, acaso final, en el que la diferencia lo es todo sin llegar, tal vez, a ser real. En nombre de una cuestionable modernidad andan poniendo la identidad en almoneda desde el propio Gobierno. Y lo malo es que de la gramática –esa maestra infalible—, y superado ya el Código Civil, andan pasando, pian pianito, al Código penal.

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