Un amigo dermatólogo me trae solícito un texto reciente del ‘New England Journal of Medicine’ que da cuenta del hallazgo de un sabio descubridor de la panacea contra los piojos, esa plaga pobre que azota a pobres y ricos, y que no perdonó en su día ni a Faraón , cuando, según cuenta ‘Exodo’, “todo el polvo de la tierra se volvió piojos” aunque sin evitar que el corazón de aquel se endureciera, y que de vez en cuando todavía resurge en nuestras aulas infectando a nuestros alevines. El pobre Rimbaud tiene un poema enternecedor en el que evoca a la expulgadora escrutando la cabeza del niño e implacable con los ftirápteros atrapados entre sus “reales uñas”, una escena familiar en nuestro paraíso desarrollado  hace nada más que dos generaciones y que de vez en cuando reaparece entre nosotros como para recordarnos la última instancia de nuestra miseria. No sabía yo que, a estas alturas, los piojos infectan cada año en el planeta a cien millones de personas, ensañándose, como es natural, con la santa infancia cuya ingenua promiscuidad hace casi imposible evitar el contagio, y tampoco que, a causa de tantas experiencias, el jodío piojo ha acabado por inmunizarse prácticamente a los clásicos tratamientos insecticidas a base de mutar su dotación genética hasta conseguir la inmunidad. Lo que ha hecho el sabio en cuestión es procurar un remedio nuevo, la ivermectina, hasta ahora utilizado contra ciertos parásitos tropicales, que administrado a la ‘basca’,  esta vez no como loción sino por vía oral, garantiza unos resultados espectaculares. Adiós a la dulce y repugnante escena de Rimbaud y a la imagen de aquellos despiojamientos masivos de postguerra –ay, el “piojo verde”—que evitaban el tifus y otras miserias. Las nuevas generaciones no tienen ni idea ya, por fortuna, de lo cerca que seguimos estando, como especie, del mandrilillo y su cuidadosa madre despiojadora.

 

No somos nadie, oigan. ¡Mira que tener que medicar al nene para que, a estas alturas,  no nos pille la piojera! La especie humana avanza que se las pela pero sin dejar de arrastrar ese fardo de su servidumbre animal que lo mismo le proporciona los placeres más sublimes que le impone estos yugos ominosos como para recordarnos que, por más sofisticaciones que acumulemos, todos y cada uno llevamos encarnada, como una segunda naturaleza, la condición primate que nos sostiene. ¡Con lo fácil que le hubiera resultado a Faraón deshacerse de Moisés con esa molécula milagrosa! Me he quedado con el ‘New England’ y le ha prometido a mi amigo, a cambio, un ejemplar de Rimbaud, sin dejar de sentir en mi memoria el peso de aquellas imágenes remotas de madres extenuadas expulgando a sus hijos impacientes. Hay que ver lo que hemos adelantado entre la Biblia y la TV.

3 Comentarios

  1. Menos remotas, don JAGM, que recientemetne hemos pasado unas rachas terribles con nuestras hijas. Y (una vez descartado el pelado al rape) no vea lo laborioso y extenuante de aplicar lociones y micropeinar una y otra vez.
    Y para colomo, la facilidad con que la epidemia se perpetúa y se reactiva en el mismo colegio. Un sinvivir. Eso sí, el tratamiento que funcionó fue el de mercadona, no el carísimo de la farmacia, por si sirve de ahorro a otras familas necesitadas.
    En fin, curioso tema.

  2. Esta página es de las que van con humor. Las que más me gustan a mí. Las que no me entristecen el día sino que me lo tiñen de azul, las que le hacen pensar pero con la sonris

  3. Esta página es de las que van con humor. Las que más me gustan a mí. Las que no me entristecen el día sino que me lo tiñen de azul, las que le hacen pensar pero con la sonrisa en los labios. Vamos, una columna divertida. Entre los piojos de faraon, y la medicación del nene hay un trecho. Y sin embargo recuerdo mi horrrrrrror cuando me di cuenta de que por las hermosisimas trenzas de mi hija subían y bajaban una retahila de enooormes piojos. Creí que habían desaparecido o que era señal de inframundo. Y es verdad , me costó matarlos todos porque están inmunizados.
    Besos a todos.

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