No es nuevo que los servicios encuadrados en la ‘delega’ del Gobierno fallen y provoquen situaciones de saturación o atasco, como no lo es que en cada caso se alegue lo mismo: la penuria o el fallo del material. Gente haciendo cola, venida de madrugada de los pueblos, total para recibir un corte de mangas a última hora, cientos de viajeros poco previsores que se ven si un documento tan importante como el pasaporte porque la burocracia de la delegación carece de medios o de capacidad. Y encima, el silencio. Ni los policías encargados, ni el comisario jefe –¡que exige  los ‘medios’ cita previa para una consulta de urgencia!– ni, por descontado, su excelencia el señor delegado se digna explicar al menos las causas de este fracaso administrativo que causa daños graves a los contribuyentes. Queda todavía mucho personal de oficina que cree que el servicio público es un don gratuito que puede solicitarse pero nada obliga a conceder. Cosa que a lo mejor no ocurría si el responsable máximo fuera un experto y no un paracaidista de partido, cualquiera sabe. De momento, ahí están las colas y los nones. ¿Bago? Por supuesto, sin novedad.

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