La elección de Roma como sede para poner las bases de lo que en su día hubiera de terminar siendo esta realidad que, no sin notable optimismo, llamamos hoy la Unión Europea, no fue, como bien sabemos, del todo casual. La vieja Europa, dividida y todo, enfrentada durante siglos consigo misma y devoradora de sus propios hijos, no perdió nunca el referente del viejo Imperio ni la ilusión de una herencia cuyas águilas heráldicas han hecho suyas, a título de causahabientes, lo mismo los opresores que los paladines de la libertad. Aquella imponente realidad descubrió y mantuvo tres unidades básicas, que no pasaron desapercibidas para observadores tan cercanos como Mommsen o Friedländer, y a las que ha de endosarse la solidez de su montaje social y político, a saber, el triplete unitario que resume el lema “Un poder, una lengua, una moneda”. Nuestra vacilante Unión tiene ya establecido, desde luego, el embrión de un poder continental que cada día se muestra más celoso de su fuero y, desde hace unos años, posee también una moneda única que ha hecho más por la irreversibilidad del proceso federativo que medio siglo de discursos. Y todo indica que el diseño de futuro incluye al inglés, no ya como socorrida ‘koiné’, sino como lengua única bajo la que sobrevivirán, como es natural, las vernáculas de toda la vida, aunque sólo fuera porque, como decía Barbey d’Aurevilly, un hombre puede hablar muchas lenguas pero charlar, lo que se dice charlar, sólo lo hace en una: la suya. Hace unos días tan sólo el Parlamento europeo acaba de cerrar la puerta al uso de lenguas cooficiales en un babélico Parlamento en el que ya se chamullan veinte lenguas oficiales –por cierto, con el ‘voto de calidad’ de un presidente catalán– pero, al mismo tiempo, la autoridad de Bruselas ha decidido incluir en su web un boletín escrito en latín clásico cuya utilidad no se nos alcanza pero cuyo significado simbólico no deja de ser desconcertante en un continente que hace años que viene reduciendo la enseñanza de esa lengua que decían que estaba muerta. Ante el vaticinio de Rimbaud de que llegaría el día en que, dada la condición ideológica de la palabra, el hombre terminaría por hallar fatalmente una lengua universal, uno siempre había pensado en el inglés. Tuviera que ver que ese utópico esperanto acabara siendo el latín. ‘Nihil est dictus facilius”, nada resulta más fácil que hablar, se dijo en tiempos. Ya veremos si, a estas alturas, eso vale también para el latín.

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El proyecto europeo ha dado ese doble paso –cerrárselo a las lenguas cooficiales y habilitar el latín—con muy buen sentido. La experiencia de los Estados Unidos gravita, sin duda, sobre esta orientación que, a mi modo de ver, tiene sus buenas razones para hacer lo que ha hecho, tanto al evitar la confusión babélica como al simbolizar con tanta audacia el sentido integrador que la lengua debe tener, incluso después de la muerte. Eso es, en buena medida, lo que se intentó también con la pretensión de incluir en la panoplia del europeísmo actual la contribución histórica cristiana, un proyecto mal entendido y peor explicado, pero que, como en el caso de la lengua, no apuntaba más que a la incontestable realidad. La monarquía inglesa tiene por mote un lema en francés arcaico que la mayoría de los británicos no entiende; Europa no volverá a hablar latín, ni que decir tiene, pero expresarse en Internet con resonancias clásicas implica, sin duda posible, una seña de identidad más que elocuente además de un aviso a los navegantes. “Nihil est dictus facilius”, ya digo, aunque ahora quede por comprobar cómo rulan en la Red los ablativos absolutos y las perifrástica pasivas. Quizá se ha pensado que el latín –la lengua en que habló el Imperio, se declararon guerras y paces, o se dio cuerpo a los derechos– no deja de pertenecer al ámbito de la sacralidad. Quién sabe. Por lo demás, charlar, lo que se dice charlar, cada uno lo seguirá haciendo como toda la vida.

13 Comentarios

  1. Como sevillano, comenzaré con una cita de San Isidoro (Historia Gotorum, 40, 10): “Sicque regnum duos capuit, dum nulla potestas patiens consortis sit” (‘Y así el reino tuvo dos gobernantes, cuando se sabe que ningún poder admite otro compartido’). Alfonso Guerra también es sevillano.

  2. Me consta que el Bígamo –ya saben legítima tres noches por semana y concubina las otras cuatro, Epimorcilla- cursó estudios de la llamada entonces Filosofía y Letras en la Hispalense. Un compañero de pupitre suyo lo fue mío también. No me consta que alcanzara la licenciatura, aunque sí el título de perito industrial. Pero muerta la Víbora con cataratas, según el susodicho, hábil para motejar pero cagón a la hora de las verdades, luego presumía de haberse carteado con él, con Ella, en latín. Nos ha merengao. Ahora pueden hacerlo alguna cosa de la CEE, traductor simultáneo por ejemplo, del turconavarro a la Imperialis Lingua, mismamente.

    Está claro que pocos van a leer a Horatius, Virgilius u Ovidius en la lengua natal de los susodichos, pero si servidora llegara a ministra o ministrilla autonómica, no lo permita el cielo, volvía a poner el latín obligatorio a partir de quinto de Primaria. Ya puesta a soñar.

    Ah, y mi don Magnificus Rector Antonius, por hondo que se haya metido este verano. Hoy tiene cita obligada aquí. “Nisi Rector aedificaverit bloggum…” Si no lo hace me travestiré de apuesto garçon y lo buscaré para cruzarle el rostro con mi guante de fina cabritilla, hasta que acepte el reto a florete y primera sangre.

  3. ¡Pero mi amigo ja, si ya no quedan ni profesores para enseñar las declinaciones! Es estupenda la anécdota (porque no puede ser otra cosa), aunque no djee de ser, de paso, un síntoma de la mentalidad bruselensis: esos eurodiputados viven en la inopia de sus pingües dietas.

  4. La lengua latina es ya una lengua histórica, por mucho que nos empeñemos en resucitarla. Tal vez, podría ser la lengua oficial de los documentos importantes, pero más allá de eso será puro artificio. Ahora bien, lo que sí puede hacerse es volver a poner en su sitio educativo a una lengua, que es el fundamento y el armazón de muchas otras, incluidas las anglosajonas. Por cierto, no es tan difícil llegar a leer medianamente bien a Ovidio, aunque hay que aprender latín de verdad, como hay que aprender inglés de verdad para poder defenderse un poco. Pero en esto de las lenguas, históricas o actuales, todo es dictu facilius quam factu.
    Lo de la lengua para charlar es de matrícula. Este, nuestro Maestro, casi siempre va derecho al meollo de las cuestiones.

  5. …derecho al meollo, de matríucla… Muy bien, si no fuera porque escribe siempre con la pluma mojada en la tinta del resentimeinto antinacionalista… (No se molesten en contradecirme, es más, ni lo intenten).

  6. Paciencia y barajar, querido anfitrión, oídos sordos a la inquina, charitas, charitas, charitas. A mí también me ha hecho muchísima gracia ese comentario de Barbey d’Aurevilly, que nunca había leído. Por lo demás, ya en mis tiempos se priguntaban los seminaristas (los flojos, claro) por la utilidad del latín, “lengua histórica”, ¿y cuál no la es, Rector amadísimo? Es estupendo que al menos en este rincón no estemos hablando de las miserias de que hoy habla España entera. ¿Han visto lo de los “policías chivatos”, y conste que considero ajena por completo a mí esa expresión? ¿Y los cartelitos de Valencia dándole la “malvenida” al Papa? Manga por hombro va el país, la nación de naciones, la olla podrida, como usted dice. Pero paciencia, que Dios proveerá.

  7. Me descubro, mi don Magnífico. Chapeau. Pero si hasta ustedes recelan, qué no harán los mediocres, los vagos, los logreros, los ágrafos. Como hubo un latín macarrónico/eclesiástico, ¿verdad mi don Páter?, por qué no habría de haber una culta latiniparla o latiniscripta en la que facilmente se entendería más de medio occidente. A ver.

  8. Córcholis, cáspita, jopé, que se me queda algo en el tintero. Empecé a aprender latín junto a las ecuaciones de primer grado. Y voto a bríos que ambas cosas se basaban en estructuras lógicas, en razonamientos y en aplicación de normas no tan complicadas. He de reconocer sin falsa modestia que servidora fue alumna aplicada y constante. Pero gracias a aquellos dos o tres años me construí una parva estructura mental de cuyos réditos aún obtengo beneficio.

  9. Doña Epi se deja arrastrar por la nostalgia de la adolescencia, el pasado turgente que imaginaba el maestro Fausto, nuestro señor. En mi caso recuerdo el aprendizaje del latín como un fracaso de enseñantes y enseñados, fracaso insuperable también en la Universidad, donde los Mariner de turno apenas podían hacer nada dado el declive ya perceptible de la disciplina. Aquí no hemos pasado nunca de la Guerra de las Galias, nada de Ovidios no Horacios, don Rector, y usted debe de saberlo mejor que la mayoría. A mi doña Epi, de todas maneras, gracias por la evocación de gramárticas y ecuaciones. Éramos tan jóvenes, que merece la pena no olvidarlo.

  10. Veo que nadie le contesta a don Charnego 2, pura lógica. A la mala bilis, ni caso. En cuanto al latinazo de la UE, confieso que me ha dejado de piedra. Habrá que pedirle a AVR que nos traduzca algún boletín aunque sea a título de curiosidad.

  11. 22:25
    Bueno, bueno…, cómo se han puesto con el latín. Parece que se han metido en la máquina del tiempo.

    Estoy con D. Vitriolo. A mí ningún enseñante consiguió embutirme el latín. Fracasamos los dos, la Srta. Paquita y yo, aunque creo que a ninguno de los dos nos importó mucho.

    En cuanto al idioma universal, yo que solo sé el español y no muy bien, tengo entendido que los idiomas más fáciles son los más modernos lo que, desde éste punto de vista, no hace al latín el mejor candidato.

    Yo voto por el esperanto.

  12. Hay don Griyo, ¡qué pícaro! Yo también voto por el esperanto, porque tampoco se me daba muy bien el latón. Sin embargo, a título anecdótico, recuerdo que de jovencita, estando de vacaciones en Mallorca,trabamos amistad una alemana y yo gracias al latin.

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