Es hoy ya un lugar común que nuestros políticos actúan como caciques. Hablamos de un nuevo cacicato que no se diferencia gran cosa del viejo y que ha sabido apoderarse del común como lo hiciera el romanonesco pero en el que, salvo rarísimas excepciones , ha desaparecido la figura de eso que ahora se llama el “emprendedor”. Leo de un tirón la historia de uno de aquellos próceres que logró transformar una desolada aldea en uno de los pueblos más florecientes de la provincia sevillana, empezando por urbanizar su caserío de calles terrosas para acabar una impresionante tarea económica que no sólo racionalizó su agricultura sino que, con raro empeño, logró industrializarla como quien levanta un hito en medio de un erial de subsistencia agraria. Así, entre la antigua monarquía y el franquismo pasando por la dictadura de Primo de Rivera, aquel hombre incansable adoquinó adecentando el pueblo, superó la temible filoxera importando viñas americanas, edificó un barrio de alquiler con opción de compra para las familias modestas a las que proveyó de tierras de cultivo en un amplio predio recién parcelado o abrió tierras improductivas para transformarlas en olivar o en pagos de pan llevar, instaló una factoría para elaborar aceituna rellena que exportaba a los EEUU, una fábrica de electricidad para abastecer ocho o nueve pueblos aljarafeños, y otras para la obtención de orujo o de jabón, además de un aserradero de madera. En 1922, aquellos ingenios industriales le costaron al prócer 1.500.000 pesetas y pagaban  anualmente un millón de pesetas en jornales. Valoren ustedes mismos la diferencia entre algunos de aquellos benefactores y la cuadrilla de ganapanes que ha dado de sí el feudalismo rapaz y ensimismado que hoy nos aflige.

El pueblo al que me refiero era Pilas y el hombre que hizo todo eso, don Luis de Medina y Garvey. El concejo solicitó para él en su día el marquesado local, pero él lo rechazó y siguió siendo hasta su muerte un incansable “emprendedor”, una especie de “regeneracionista” de la recova de Joaquín Costa y Lucas Mallada. La muerte le sorprendió repoblando de pinos los eriales de su alfoz, seguro de que no llegaría a verlos pujantes pero confiado en que un día lejano la posteridad habría de disfrutarlos. El caciquismo que a nosotros nos ha tocado vivir carece de esa dimensión “emprendedora”, y mucho me temo que encaje mal en el paradigma “ilustrado” que fue la razón última de aquellos “señores”. Ésta es una “edad de hierro” como la que entrevió Hesíodo y fraguó Canóvas anticipándose al futuro. Hay que manejar con cuidado los conceptos históricos, empezando por no confundir a los señores con los caciques.

5 Comentarios

  1. Interesante distinción, y gran ejemplo que lamento desonocer. El caciquismo es la forma degenerada del señorío responsable; lo demás…, es lo que hay hoy.

  2. Conforme. Hay señoríos que trabajan por su gente como los hay egoístas (la mayoría). Inobjetable esa distinción entre señores y caciques, y por supuesto eso de que el nuevo caciquismo de hoy…, mejor no hablar.

  3. Ya hace mucho que sedistinguió entre señorío y señoritismo. ¿Sabe usted quien era el que lo distinguió? Pues José Antonio Primo de Rivera. ¿Sabe de quien hablo?

  4. Aquí estamos hablando en serio, señor NN, y conocemos (algunos) esa cita que aporta. Una cosa es la estética del señorío (o del señorito) y otra la tarea de quien trabaja por su pueblo, lo enriquece y ayuda a vivir a los demás.

  5. No sólo no hacen nada, sino que se aprovechan de lo que se hizo en el pasado pero siempre criticándolo y despreciándolo.

    Triste.
    Un beso a todos.

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