El indigno espectáculo de la invasión marroquí que estamos viendo estos días no merece la pena de ser analizado en términos críticos. Para qué, si nadie ignora la profunda inmoralidad de ese montaje político que la geoestrategia –quiero decir, los intereses de los EEUU—mantienen intocable, en las puertas del Mediterráneo, como una reliquia autocrática. Marruecos no es una democracia sino una tiranía y, en consecuencia, carece de sentido cuestionar este escandaloso incidente en otros términos que no sean los determinados por esa alianza. Un pito le importa a Marruecos su imagen exterior y menos que un pito la vergüenza de esos miles de súbditos empujados por su régimen a la dramática circunstancia actual.

Muchas bromas se gastaron a propósito de la “toma de Perejil” en tiempos de Aznar, es decir, en un momento en que España disponía aún del prestigio internacional que hoy ha perdido por completo. Pero ante esta nueva invasión resulta irremediable comparar actitudes y reacciones, muy particularmente las del Gobierno panoli que hoy padecemos, con las del que teníamos entonces. De Aznar se puede pensar lo que apetezca, pero de Sánchez lo único patente es que se ha visto desbordado hasta el ridículo por esa provocación y que toda su energía se ha reducido a implorar el auxilio de la Unión Europea. Y la razón es, forzoso es repetirlo, que en el verano de 2002, bromas aparte, España, con su no poco teatral asalto y victoria, dio un sartenazo decidido que –y éstas son palabras literales del propio rey marroquí—“humilló a Marruecos”. Hoy nuestra ministra de Exteriores no es Ana Palacio, ni es imaginable siquiera que la muy insignificante que nos aflige pueda contar con que todo un Colin Powell la ayude decidido, como entonces hizo, a meter en cintura a la satrapía vecina. Sánchez no es tampoco Aznar, por supuesto, y en cualquier caso, poco cabe esperar de un presidente de Gobierno como, él cuyos imprescindibles  socios han reaccionado ante esta vergüenza nacional limitándose a proclamar, como un eco del propio Rabat, ¡que Ceuta y Melilla no son españolas!

Esta vez, pues, ha sido Marruecos el que ha puesto en evidencia, si no de rodillas, a España, y es comprensible porque no sólo un tipo estólido como Trump sino el propio Biden ya han mostrado su apoyo explícito al régimen marroquí, y es de temer que no sólo en el conflicto del Sáhara. Por lo demás, si el auxilio humanitario prestado por los listillos de la Moncloa al líder saharaui no se discute en términos ideológicos, cierto es también que a nadie se le ocurre la burda maniobra de camuflarlo –como si los servicios secretos marroquíes fueran de juguete– con un pasaporte argelino y tras un nombre falso. Esta España no es aquella, en fin, y eso explicaría la tontuna de enrollarse planeando ya el 2050 mientras nos humillan en la frontera, arde el mercado laboral como un fuego de virutas y todo un Gobierno a la deriva sigue sin saber qué hacer con las vacunas de AstraZeneca.

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