En pleno apogeo de pandemia y agotado el recurso mímico de sus primeros espadas, un Sánchez providente ha dado por concluida la primera parte del atroz espectáculo. Sin que la decisión obedezca a ningún motivo justificable, el Gran Timonel de este (des)Gobierno errático ha descabezado las dos eminencias del problema político –la sanidad y la gestión autonómica– dando por finalizada la primera etapa de la gesta pandémica como el que come un peón inútil en un final de partida. No tienen más que calibrar el relevo: una ministra sin apenas bagaje para gobernar el caos sanitario y un fracasado trujimán de partido sin otra impedimenta que su mochila de marrullerías criptoseparatistas para intervenir la ruina de este Estado de las Autonomías. Y todo para intentar con ventaja partidista un cambio electoral en Cataluña que habrá de consistir sí o sí en una de dos: el rearme de la secesión o un gobiernillo tripartito como el no poco cleptómano que ya vimos fracasar.

No es que cupiera esperar más de esta “nave de los locos” pero admitirán que, con la curva del contagio en su cénit, el rotundo fiasco del plan vacunal, el país confinado de hecho y la ruina económica acreditada, cabría haber esperado siquiera un relevo solvente. Pero ¿cómo asumir esa salida en falso de un ministro incapaz sin una triste comparecencia parlamentaria, ese relevo en el puente y en plena galerna, o la permanencia en el gobernalle del chafandón embustero que, sin alterar el gesto, ha errado cuanto pronóstico ha tenido a bien hacer desde que llegó al cargo?

No tiene ya sentido alguno fijarse en la mendacidad de esta tropa que sólo acierta cuando da marcha atrás, ni insistir en la clamorosa mediocridad de esa elite política en la que un presidente fraudulento campa a sus anchas sobre la medianía más rebajada que se recuerda, pero tampoco es posible la indiferencia ante una crisis de imprevisibles consecuencias que vemos degenerar sin remedio en manos demostradamente incompetentes. Una cosa es plagiar una tesis o trapichear en las instituciones, y otra muy distinta dejar un país doliente en manos inexpertas o confiar la inmensa avería institucional del Estado autonómico a un disidente confeso. Gobernar sobre un país doliente ignorando tantos miles de víctimas está convirtiendo esta legislatura en un funeral, a la salida del cual nos aguarda el desconsuelo de la bancarrota.

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