No deja de ser inquietante que los cerebros de Time estén considerando la posibilidad de designar a Julian Assange, el promotor de Wikileacks, como “hombre del año”. Como no deja de producir perplejidad leer en un catecismo progre español que la aventura de la revelación masiva de secretos oficiales “nos ha hecho un poco más libres”. Está claro que lo más fácil es apuntarse al fundamentalismo mediático para proclamar el fin del secreto, como si el secreto –al margen de su abuso, por supuesto– fuera un capricho y no una necesidad sin la cual no parece fácil imaginar el buen funcionamiento de las relaciones no sólo internacionales sino, incluso, de las personales. Cierto que la inmensa mayoría de lo desvelado pro Wikileacks es pura banalidad si no morralla informativa, chismografía diplomática por mucho sigilo oficial de que venga precedida, y ya se sabe –lo dijo Wilde en su “Dorian Grey”—la cosa más simplona del mundo se vuelve una delicia para el curioso desde el momento en que se la oculta. Pero más allá de eso, ¿se puede pensar en serio en unas relaciones internacionales transparentes, en unas relaciones de poder tramadas a la luz del día, o acaso será inevitable, como lo es desde que el mundo es mundo, que los tratos y contratos entre los gobernantes mantengan un cierto grado –un grado muy alto, seguramente—de sigilosa cautela? ¿Se podría medio mantener en pie el planeta si los acuerdos y opiniones de sus gobernantes fueran del dominio público? Puestos a pensar con seriedad, llega uno a la conclusión de que la relación humana en general –la amistosa, la de pareja, cualquiera—necesita un cierto margen de reserva sin el cual resulta difícil si no imposible de imaginar cualquier convivencia. ¿Cuántas sociedades, cuántas Administraciones, cuántos matrimonios si me apuran, podrían sobrevivir al saqueo masivo de sus interioridades? No seamos cínicos negando al secreto al menos un discreto papel.

 

También hay que reconocer que ahora sabemos que los integristas y ricos saudíes susurran a Obama su desprecio por el presidente iraquí, que los árabes desearían verse libres de la potencia iraní y su amenaza nuclear que públicamente apoyan, o que hay terceros países que se prestan a camuflar las operaciones bélicas americanas. La cuestión está en si este tipo de revelaciones ayudarán al proceso general de paz o funcionarán como palos entre los radios de sus múltiples ruedas. ¿Un poco más libres hoy que ayer? Uno la verdad, no puede imaginar por qué razón, pero se siente inquietantemente desnudo ante ese ojo público, tan sospechoso por lo demás, que pretende suprimir uno de los más ancestrales requisitos de la convivencia.

6 Comentarios

  1. Innegable realidad: el secreto es imprescindible. Lo del margen de secreto matrimonial, una verdad como un templo. Benditos los que puedan alegar la transparencia perfeceta, pero han de ser pocos, contables con una sola mano…

  2. Tener una existencia INDIGNA es estar muerto.

    El ESTADO, ese ENTE en manos de profesionales y gestores del poder político, -donde la ENDOGAMIA tiene su mayor campo abonado-, acaba convirtiéndose en el enemigo castrador de la LIBERTAD del ser humano.

  3. Abate, más bien Orate: ¡pero, hombre, que emplee usted su buena cabeza en esos radicalismos de manual! Crea que se lo digo desde el respeto y el cariño por sus fecundas intervenciones en este blog, tan acertadas muchas veces, y disculpe mi insolencia. Aparte de ello, mcoincidocon la columna en que pretender elñ fin del secreto, además de imposible, es tarea temeraria, lo que no quiere decir que se defienda la oscuridad. Piensen en lo que sugiere jagm sobre las propias parejas.

  4. Desde luego el caso no es sencillo, pero la imagen que vamos conociendo del jefe del invento no deja de ser sospechosa, al margen de cuanto se está diciendo sobre la eventual invención de sus causas con la Justicia que lo reclama. El secreto a todos nos concierne en un grado u otro, ésa es una discrata advertencia del columnista que no hay más remedio que suscribir. La idea de un mundo en el escaparate no digo que no sea posible en un futuro más o menos próximo, pero da cierto miedo, aunque uno no tenga, pobre de uno, gran cosa que temer a estas alturas.

  5. Discreta reflexión, sí señor, en medio de tanto ruido. Yo también creo que hay lenguajes impublicables, no porque tengan necesidad de ser ocultados sino por razón de su propia naturaleza. Imaginen una negociación en Oriente Medio con unos tíos sacando papeles de lo que comentan en privado los negociadores… Hay que averiguar, además, por quñé ese señor hoy detenido anda repartiendo los papeles como quien distribuye un material de contrabando en lugar de ofrecerlos a TODOS los medios si lo que busca es que sean conocidos los famosos secretos.

  6. De acuerdo: el secreto es necesario. Yo añadiría que también es estimulante y hasta “desenibidor” ( no creo que exista la palabra pero ustedes me entienden). A veces puede ser inprescindible y hasta caritativo…como la mentira.
    Un beso a todos.

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