La situación política que vive España no mantiene, a estas alturas, ningún secreto: un régimen sobrevenido e insolvente ha puesto en almoneda la democracia y, en consecuencia, a la nación, por la razón elemental de que su impresentable Presidente ha sido, desde el día en que llegó al Poder, un pelele en un revuelto guiñol controlado por los enemigos confesos de la nación y de la democracia, un títere en manos de diversas bandas reconocidamente enfrentadas al Estado de Derecho.
El dilema es sencillo para Sánchez: o el Gobierno hace lo que vaya deseando esa impresentable tropa –no de segundo sino de enésimo grado—que lo sostiene en cargo, o él mismo se queda en la calle de la que, por una desdichada carambola, salió en su día. Pero sin olvidar, claro está, que esa tropa aliada ha de serle forzosamente fiel dado que, por no tener dónde ir, no puede mantener sus retos y amenazas más allá del instante publicitario del amago. ¿A dónde podrían ir un tal Rufián, una tal Belarra, una ministra consorte como la Montero o una Yolanda Díaz –a la que Rosa Belmonte llama con insistencia (y con razón) “la ministra del extraño prestigio”—si se opusieran una sola vez a la continuidad de Sánchez? Pues, no hay que darle vueltas, a la calle de la que salieron.
Si ya fue grave el forzado capricho de colar de rondón a un antisistema radical como Iglesias en el CNI y, tras su dimisión –y también a través de tortuosos caminos leguleyos– a la última mencionada; la inclusión de Bildu, es decir, de la propia ETA en una nueva etapa, en el servicio secreto del Estado, supone, hablando en plata, no solamente abrir a una organización filoterrorista, que en ningún momento ha roto con los asesinos, el secreto mejor guardado de la seguridad nacional sino que enlaza, sin solución de continuidad, con la banda derrotada. A algunos nos cuesta más que a otros olvidar que Otegui, ese “hombre de paz” zapaterista, fue un día secuestrador probado y otro el responsable, por ejemplo, de los cuatro tiros en la barriga que recibió Gabriel Cisneros. Y en cuanto a “empoderar”, como gustan de decir estos iletrados mastuerzos, a los rebeldes y golpistas catalanes comprometidos reiteradamente a “golpear” de nuevo, la realidad es que huelgan los calificativos. ¿Porque se imaginan a los yanquis incluyendo en la CIA a los “panteras negras”, al Mossad israelí abriendo sus ficheros a los activistas palestinos o a los jacobinos franceses mostrando a los separatistas corsos los secretos de la seguridad nacional? Pues eso es lo que un tal Sánchez acaba de hacer en España. La maniobra de la presidenta del Congreso para facilitarlo ha sido, en realidad, otro golpe de Estado. Con retardador, pero golpe de Estado. Por algo no quieren que las nuevas generaciones oigan hablar siquiera del alcalde de Móstoles.

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