El controvertido consejero de Salud acaba de apostar es decir por sacar entre todos del batiburrillo partidista la gestión de la salud pública. Buena idea, sin duda, y lamentablemente novedosa, porque la verdad es que, desde siempre, la política sanitaria ha sido un caballo de batalla –más de una vez desbocado— cabalgado tanto por tirios como por troyanos. La más que cuestionable gestión del “régimen” anterior se desgañita ahora contra el proyecto nuevo, que no debe de ser tan malo cuando, según las encuestas, éste es aprobado por la mayoría ciudadana. De todas maneras, la propuesta de Aguirre es razonable: la discordia partidista no puede escoger peor terreno para su permanente conflicto que el delicado mundo de la atención sanitaria, una de las asignaturas pendientes que más urge superar al “Gobierno del cambio”.

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