Parece mentira pero está a punto de cumplirse el cuarto de siglo de una de las jornadas más memorables de la crónica autonómica andaluza, aquella inverosímil que dio la vuelta al planeta mediático mostrando la imagen insólita de un Parlamento incapaz de contener la risa, presa de una evidente histeria colectiva. Mucho se censuró el acontecimiento que, a juicio de no pocos foráneos, se explicaba solo en función de una idiosincracia andaluza tradicionalmente entrevista en términos jocosos, como si esa incontinencia no fuera incluso frecuente hasta en las circunstancias más severas. La risa cuenta de antiguo con su fama literaria, desde los lamentables episodios en que perdieron la vida el filósofo Crisipo o uno de los “siete sabios”, hasta la densa reflexión que en su día nos dejó Bergson, y a esa relación portentosa debería añadirse la desopilante imagen de aquella alegre Cámara. Nunca la risa fue reivindicada con tanta incontinencia como aquel día en el que forzoso fue recordar que por algo los viejos poetas adoptaron el patrocinio de Momo, el dios entusiasta del jolgorio.

A un cuarto de siglo de distancia, tienta sobreponer a aquella imagen las tronchantes escenas en que los Brueghel inmortalizaron el desenfreno campesino, con sus masas danzantes que tal vez no fueran ajenas a la leyenda, todavía reciente, de la epidemia de bailes registrada en Estrasburgo y relacionada con san Vito, de la que encontramos el rastro en la obra de Paracelso y otros testigos de la época. Los parlamentarios andaluces vislumbraron en aquella ocasión las razones que asisten a los autores que han venido hablando de la cara oculta de la risa y, por extensión, de los riesgos imprevisibles del júbilo. Cuentan que los bailarines de Estrasburgos (y, por supuesto, hubo episodios similares en otras ciudades) rieron entusiastas al tiempo que bregaban con sus cuerpos hasta la extenuación y en numerosas ocasiones hasta una muerte de la que no pudo salvarlos ni san Vito con su patronazgo, y si, ciertamente, en nuestro Parlamento la epidemia no alcanzó ese trágico punto acaso fue por la mediación de las Cinco Llagas vinculadas a su sede.

Pero también es verdad que, aunque aquella Cámara no fuera ni mucho menos paradigma de la cordial seriedad, la actual lo esbastante menos, al cabo de más de estas décadas de ejercicios maniqueos y hasta de esos cainismos militantes  que han convertido nuestra vida pública en el ingrato escaparate de una áspera convivencia. Hoy no resulta inverosímil una parranda como la entonces protagonizada por nuestros representantes públicos y menos, por descontado, una pulsión coreomaníaca  como la que aquella tarde famosa  arrastró en su onda palpitante desde el Presidente hasta el último bedel de nuestra autonomía.

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