Justo cuando circula la noticia de que el coger de Bin Laden ha sido juzgado y condenado por un tribunal militar especial en la base de Guantánamo, admitiéndose como evidencias las propias declaraciones obtenidas bajo indescriptibles tormentos de reos privados de todo derecho, otra noticia curiosa salta en la prensa americana. Resulta que un ‘artista’ neoyorkino, Steve Powers, ha montado en un ferial de Brooklin una barraca en la que el espectáculo consiste en una exhibición de tortura calcada de las realmente infligidas en aquel campo de concentración, concretamente de la famosa “bañera” y similares, es decir, de las prácticas de ahogamiento del sospechoso utilizadas en los interrogatorios desde épocas remotas. Un cliente cualquiera, un niño tal vez, con sólo introducir un dólar en la ranura verá abrirse una ventada a través de la cual, como un espectador privilegiado, podrá asistir a una sesión de esa práctica ejecutada por robots construidos con tremendo realismo y aún escuchar a la víctima proclamar en plan masoca el placer obtenido del martirio. Se preguntan algunos observadores si semejante ultraje al sentido común y al decoro más elemental debe ser tolerado o prohibido en un país que presume de democrático, pero quizá el gran debate no sería tanto ése como el de la preocupante deriva que lleva el sentimiento humano, convicto de sádico o simplemente de cruel hasta el punto de que un reciente escándalo protagonizado por un magnate sadomasoca nos ha permitido asistir a una ardiente defensa del fuero íntimo que justificaría, por lo visto, cualquier conducta siempre que no salpique. Ya lo ven: un buhonero que se gana la vida mostrando escenas de tortura y un público entusiasta que hace cola ante la barraca para ver cómo se ahoga a un hombre impunemente, puesto que se supone perpetrado el crimen en nombre de la ley. Por lo demás, el dolor se anuncia regularmente  en los periódicos conectado, como todos sabemos, a la práctica perversa del sexo. Quién sabe si el tal Powers está haciendo de iniciador sin saberlo siquiera.

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Tortura hay un poco por todas partes –no se olvide que la abolición del tormento, como recuerda Voltaire, allí donde se produjo, data sólo de mediados del XVIII—y, lo que es peor, parece demostrado que ninguna prohibición o buen propósito han logrado nunca extirparla del todo, como ningún avance civilizatorio ha conseguido librar a la curiosidad y al afán humano de su impía inclinación al dolor ajeno. Los sondeos americanos (¿y españoles?) demuestran que, tras la catástrofe del 11-S, un sector amplio de la población “comprende” y, en consecuencia, acepta como mal necesario, el recurso a la tortura, ahora concebido –otra vez—como un instrumento imprescindible de la autodefensa que no precisa de mayor legitimación moral. Algo inquietante si se considera la indiferencia con los Gobiernos de países libres, incluyendo el nuestro, encajan las censuras de ciertas ONGs especializadas, como Human Rights o Amnesty International, que cada año confirman la persistencia de esas prácticas en países democráticos. Y esto es así, probablemente, porque el Poder conoce esa inclinación del gentío, porque sabe que el eventual recurso al martirio del sospechoso –ay, Hanna Arendt, ay, Primo Levi—no será execrado por al opinión pública sino todo lo contrario, como lo demuestra esa cámara de los horrores abierta por un dólar a todos los públicos en pleno Brooklin. Antier fue la última vez que nos llegó la imagen de los familiares de unas víctimas asistiendo, con disimulada ferocidad, a la ejecución de un reo a través de un espejo. No es mala sugerencia para nuestro “artista”, un espectáculo en sesión continua de ejecuciones robóticas pero realísimas. El Poder necesita el dolor y la especie gusta de sus efectos. Sade o el doctor Masoch van a quedar, al final, no como unos precursores adelantados sino como un par de membrillos.

3 Comentarios

  1. Acabo de leer el libro de Arlette Farge titulado \Efusión y tormento. El relato de los cuerpos. Historia del pueblo en el siglo XVIII\, (Ed. Katz, Madrid, 2008). El tema del mismo viene expreso en su contraportada:

    “Celebrado por el notable desarrollo del pensamiento y de las artes, el Siglo de las Luces fue igualmente un período de creciente control social orientado a hacer más dóciles a los sectores populares. Conformado por una población numerosa, inestable, precaria y extremadamente pobre, el “pequeño pueblo” provocaba en la corte y en su policía el temor de las insurrecciones permanentes. De allí la existencia de extraordinarios archivos que recogen los casos judiciales de delitos minúsculos y permiten comprender, a través del registro de los interrogatorios, las denuncias y las informaciones, no sólo cómo vivía el pueblo sino también cómo pensaba y cómo juzgaba la vida política de la época de la época, sus aspiraciones a la libertad, su imaginario y su vida religiosa”.

    Luciano Canfora, en su libro \La democracia. Historia de una ideología\ (Ed. Crítica, Barcelona, 2004), nos llamaba poderosamente la atención sobre la violencia que se encierra en la palabra democracia, “la fuerza violenta del demos”. Se ha estudiado cómo esa fuerza fue utilizada por las nuevas aristocracias atenienses de finales del siglo VI y comienzos del V a.C. para derribar a sus enemigos y quitarle luego al demos su peligroso aguijón domesticándola de nuevo, de lo que es una prueba evidente el género religioso-musical denominado “tragedia” (P. Lévêque, \Bestias, Dioses y Hombres. El imaginario de las primeras religiones\, Huelva, 1997, pp. 202-204). Ofrecer la democracia como ideología pacífica no es desde luego sino una forma de domesticar a las masas para tenerlas sumisas, incluso para hacer la guerra, paradójicamente, en beneficio de sus aristocracias. Dudo, con todo, que pueda ser de otro modo si se pretende el avance racional acusado. Una de las múltiples contradicciones en las que se mueve cualquier sociedad viva que, necesariamente, se desarrolla en la tensión. Al menos eso pienso.

    P.D. Es evidente que hay que tener cuidado con la “lógica borrosa” aplicada en los correctores de texto, que convierten al “chófer” en el “coger” de Bin Laden. Todas las lógicas tienen sus fallos, por lo que se ve.

  2. Don Chic, interesantísimo complemento al artículo de don Jose António.
    Nuestra especie es la única que se regodea con el dolor ajeno y que hace sufrir sin propósito.
    Nunca he comprendido esa enfermedad que es el sadismo ni tampoco comprendo el masoquismo. A menudo la autoridad se mete en donde no debería , pero no entiendo que deje hacer cosas semejantes.El mero sentido común debería prohibirlo.
    Besos a todos.

  3. Las ejecuciones siempre han sido espectáculo para el pueblo: era una forma de embrutecerlo -mantenerlo embrutecido- porque si no piensa es más maleable. Verdad de garabatillo que bien podría firmarla mi don P. Grullo.

    Panem et circenses. ¡A los leones! ¡Abajo ese pulgar!

    El verdugo con su capucha, el hacha justiciera, el rollo, la picota, Mme. la Guillotinne, el garrote vil, los fusilamientos al amanecer, la Santa I. quemando libros y herejes. (Huy, perdón, los herejes eran ejecutados una vez ‘relajados’ al poder secular. Achicharraitos).

    En esta época de sucedáneos tenemos el furgo, más madera, más leña esa defensa, ahí va el bocadillo de tuercas, so linier cab… y/o las pelis y/o videojuegos -¿no son la misma cosa o al menos el mismo negocio?- con explosiones, truculencias, zombies y otras yerbas.

    ¿Nadie ha visto una snuff-movie? Sí, eso tan divertido de encular, con perdón, a un bebé de cuatro meses, degollarlo luego y hacer cochifrito con los mondongos. Al consumidor de emociones fuertes hay que aumentarle continuamente la dosis, porque crea hábito. De la revista porno a la peli porno; de esta a las de filias raritas y por último algo que nos juren, palabrita del Niño Jesús, que es fuerte, muy fuerrrte y rrreal, que si no. Eso en medicina se llama…, bueno ustedes lo saben tan bien como yo. Es que es una palabrita tan fetiche que ni el DRAE se atreve a ponerle esa acepción. (Empieza por ‘to’ y termina como la panceta muy curada, ‘rancia’. Si ‘le’ intercalan el entrecomillado, ya está). Qué charada más tonta.

    Besitos tiernos para todos. Ssmuakisss. (Para equilibrar. Je, je)

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